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Ficha: Hakkô'sei Raijin

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Ficha: Hakkô'sei Raijin

Mensaje por Hakkô'sei Raijin el Lun Mayo 05, 2014 1:53 am

Hakko'sei Raijin

発光性雷神

Dragon Slayer of Thunder

Origin: Simethis

Guild: Serenity

Status: Guildmaster

Class: S

Age: 24

Gender: Male

Magic Type: Dragon Slayer

Height: 183 cm. · Golden Eyes · Purple-Black Hair

La hipnotizante figura del alto esbirro esboza una gigante sonrisa en su rostro, eterna hasta en las peores oportunidades. Su desidiosa cabellera cárdena se escurre entre sus hombros y cae por su espalda, por breves momentos domada por una cinta blanca. Suele llevar una camisa y un pantalón violáceos,  cubiertos por una toga blanca que alcanza por debajo de sus rodillas, harapos que osan llamarse “vestimenta”. En ocasiones formales utilizará el mismo tipo de ropaje, probablemente con el mismo diseño pero menos andrajoso y adornará el mismo con pretensiosos colgantes y alhajas.
Generalmente en combate utiliza un equipo más desprovisto. El mismo se reducirá a un pantalón ajustado por un cinturón cerrado en un medallón dorado al centro, del cual se desprenderán lazos del mismo cinto. Él se excusa en la comodidad, pero sus más allegados alegan que puede que luzca “depravado”. Ante tales acusaciones, antes de partir a una misión se cubre en su clásica toga blanca.
Los atavíos cubren su blanca piel, su muscular contextura y una colección de cicatrices a las cuales su necedad se atreve a llamar “descuidos”.
Rara vez suele vérselo preocupado, sumergido en sus pensamientos o afligido. Sus orbes áureos siempre acompañan la alegría de su sonrisa y la picardía en la suave curvatura de la comisura de sus labios. Aunque, quizá los únicos momentos de seriedad que ha atravesado los ha enfrentado en soledad o junto a su mano derecha, el dichoso y leal co-fundador de Serenity, Reimei Kogane, quién probablemente sea el único que ha visto más de una faz tras la engañosa sonrisa del intrépido, descuidado y pervertido Maestro.




El soberbio Adonis de Simethis es un despreocupado ser que no pretende malgastar ni un segundo de su juventud, razón por la cual ha embebido su reputación en licores y vinos, entre otras bebidas, junto con la compañía de un sinnúmero de doncellas de pureza fácilmente refutable. Recibido con júbilo en cualquier burdel, el discreto héroe de la ciudad contradice, maldice y escupe en cualquier respeto que habite en los corazones de los aldeanos, acostándose con sus esposas e hijas – juntas, en lo posible.
Pero, su seductor encanto es excusa para cualquier infidelidad, como un disparador inevitable de tragedias que nadie lamenta. ¿Qué mujer, incluso qué hombre, resistiría al apolíneo galán que emana casi naturalmente un perfume similar al de Dionisio e involuntariamente invita con su mirada a placeres que nadie podría alcanzar? Así, su existencia conlleva la ocurrencia ineludible de tales infortunios – ya que si él no pretendiera encontrarlos, irían corriendo solos hasta él.
Podría ser impensable que tal aberrante cautivador aún tenga algún amigo quién no se haya visto traicionado por el estilo de vida que lleva, pero realmente los tiene. Aferrados a la inamovible lealtad del hombre, cuyos vicios jamás afectaron ninguna relación amistosa, sus compañeros disfrutan del alborozo que casi naturalmente persigue al hombre y que éste lleva por dónde pase.

Miedos:
A Hakko’sei, por extraño que parezca, le aterran los transportes. No soporta subirse a ninguno de los existentes y prefiere nadar antes que subirse a un barco. Cualquier invento de los humanos que lo despegue del suelo es un suplicio para él.



Imágenes







































































Born from Hatred

El infame hijo de una adinerada pareja nubló el mundo de sus padres al nacer. Fruto de la infidelidad de su madre con algún duque más apuesto que su esposo, el bastardo fue despreciado desde el momento en que vio la luz. Parecía casi inevitable el pecado de su madre, obligada a casarse con aquel hombre por conveniencia de sus progenitores.
Su madre luchó por quedarse con el pequeño, a pesar de las quejas de su marido. Atravesaron varios conflictos en los cuales su madre podría haberlo perdido todo, pero el encanto de la mujer consiguió lo que buscaba. El imbécil hombre a su lado estaba hechizado por su mirada y prefirió fingir que ése hijo era suyo antes que perderla.
El joven creció bajo la mirada infundida en odio de su padre, y, eventualmente, quiso indagar en las razones del hombre para despreciarlo tanto. Preguntas en vano jamás consiguieron respuesta, sólo el ceño fruncido de su madre en una clara petición de silencio.
Por si fuera poco, el atolondrado joven era, en simples palabras, un desastre. Tenía la capacidad natural, innata, de romper todo lo que encontraba. Parecía un huracán que arrasaba todo a su paso. En una oportunidad que el niño jugaba por los pasillos de la mansión en que vivían, el padre adoptivo de éste observó cómo el niño encendía sus manos en rayos e involuntariamente éstos salían disparados hacia los costosos adornos que colgaban de las paredes.
Entonces entendió lo que la endemoniada mujer con la que ansiaba pasar el resto de sus días había engendrado. La concibió como un súcubo y maldijo su existencia, pensando que con algún hechizo extraño lo había obligado a quedarse con ese niño. Ya que, si  éste podía crear magia, su ignorancia dictó que seguramente su mujer también.
Decidido, el hombre también ya cansado de ver en los ojos del niño el recuerdo de su genuino padre, y en su sonrisa la estafa de su esposa, el duque de aquella ciudad perdida decidió deshacerse del niño.
Un mes después de que el bastardo cumpliera cuatro años, el hombre acudió a su habitación temprano en la mañana para inyectar en las azures venas del niño un veneno que acabaría con su vida lentamente. Se deslizó como una serpiente por los pasillos y, en el instante en que se escabullía por la puerta de la habitación, un estrépito lo aturdió, y la edificación al crepitar con lo que fuera la haya golpeado, lo hizo caer al suelo.
La mansión comenzó a derrumbarse bajo las garras de un mal desconocido.
Una viga se desprendió del techo y cayó sobre el hombre, dejándolo apresado al suelo. Derrumbado y débil, yació esperando la muerte, contemplando al niño dormir plácidamente en su cama. Ni siquiera los horrísonos gritos de su madre abrieron sus ojos.
El confuso hombre encontró cierto placer en entender que, lo que fuera que estaba acabando con su vida, estaba matando también a su esposa y eventualmente acabaría con ese bastardo.
Pero se adueñaría de él la desesperación al ver que las enormes zarpas de un animal arrancaban al niño de su cama, protegiéndolo del pandemónium… que probablemente “eso” mismo había creado. Sin darle oportunidad a observar más, al irse, su otra zarpa azotó los escombros sobre él, acabando con su vida.
Brought to light
Como una lágrima, una gota de lluvia se deslizó por la mejilla del joven, despertándolo de su letargo. “Tienes un sueño realmente pesado” rio una voz desconocida, mientras él se incorporaba en el pequeño hueco extraño en el que había amanecido. Sus manos acariciaron las frías escamas, y la sorpresa guio sus áureos ojos a elevarse hacia su captor. “¿Un Dragón?” la débil voz del niño inquirió, sin conseguir ver más que las doradas escamas del pecho de éste. “¿Y mi casa? ¿Mamá?” se escabulló entre las garras para ver hacia abajo, buscar en el horizonte algo reconocible que le indicara por sobre dónde se encontraban volando. El frío viento mancilló su rostro al asomarse, y la confusión inundó su pequeño ser al ver la mansión hundirse en llamas en la lejanía.
“¿Tú hiciste eso?” clamó, urgiendo por la respuesta del titánico animal. “¿Te llevaste a mi mamá? ¿Dónde está mi mamá?”. Las típicas preguntas que esperaba oír del niño no arrancaron ninguna respuesta esperada del dragón.
“No necesitas más a aquellos que llamabas padres”.
Thunder Lord Regalia.

El joven pareció olvidar completamente la existencia de sus padres. El alborozo en el que lo envolvía el Dragón reconfortaba su alma y lentamente borró las memorias de su origen. Pasó a llamarle “Madre”, y ésta enseñó al joven a dominar aquel poder que no podía mantener oculto.
Los años de su historia pasaron sin lamentos, y yacen escondidos dentro de su ser.
Llegaría el día en el que el dragón se marcharía y dejaría a su merced al joven de catorce años, quien derramaría más lágrimas por él que por sus verdaderos progenitores. Sin ningún mensaje, sin ningún previo aviso, se esfumó una mañana y jamás volvió.
Pero le dejaría al joven un recuerdo de él inconmensurable: el legado de un Dragon Slayer.
A Mage meant to gleam in the Night.

Abandonó la montaña, se deslizó corriendo por la ladera, huyó de aquel lugar sabiendo que allí no lo encontraría nunca más, sabiendo que allí su madre jamás volvería. En sus simples ropajes bajó a la ciudad que ella le había prohibido acudir, a menos que se tratara de una emergencia.
Sin siquiera hablar llamó las miradas de los habitantes. Su apariencia, su cándida mirada era como un magneto para los aldeanos. Cuando su voz habló, varios se sintieron embelesados por ella, pero no comprendían por qué.
“¿Han visto a mi madre?” preguntó inquieto, sin preocuparse por la naturaleza de ella. “¿Cómo es tu madre, niño?” inquirían los mayores que caminaban junto a él. Y en tanto escucharan la descripción avanzarían ignorando la existencia del joven, olvidando la extrañeza que acababan de escuchar.
Repetidas veces preguntó por ella, pero nadie había visto cosa tal. Varios rieron frente a él, clamando que un dragón jamás podría ser su madre, que de hecho, los dragones hace tiempo habían dejado de existir. Las atraídas miradas de antes se dispersaron ante la extrañeza del joven.
Eventualmente, se encontraría con otra rareza del mundo: Un mago. Los magos parecían no abundar y pocos pasaban por aquella ciudad, pero éste era uno particular. Aquel mago se compadeció del joven y buscó manera de explicarle que los dragones no existían, que probablemente se había golpeado la cabeza y había estado soñando. Pero el joven insistía, convencido de lo que decía.
“Qué haremos contigo… hijo del dragón.” Rio el viejo mago. “Ven, conozco a alguien que quizá podrá ayudarte.”
Así, éste guio al joven hasta el bosque donde una curiosa dama residía.
“Dice que su madre es un dragón” comentó el mago, dejándolo en manos de la alta mujer cuyo rostro no podía ser visto, oculto por una caperuza negra.
“¿Quién es tu madre, niño?” inquirió la mujer, agachándose frente a él.
“Taranis” soltó el joven, confiado.
“Ya veo. Lo has traído al mejor lugar que podías encontrar.” Dijo la mujer, despidiéndose del hombre luego.

“Yo también fui criada por un dragón.” Comentó mientras se internaban en su casa. Le invitó a sentarse y trajo una taza de té, que el joven tomó apresurado sin darse cuenta lo hirviente del brebaje. “Hace poco tiempo se separó de mi lado sin decir nada.”
“¿A ti también, abuela?”
La mujer hubiera barrido de un zarpazo la impertinencia del muchacho, pero la inocencia en sus ojos le impidieron hacer cualquier movimiento brusco.
Pasarían horas hablando de diferentes temas, hasta que decidieron qué hacer con el joven. Éste podría quedarse con ella hasta que pudiera valerse por sí mismo.
Así, comenzó a realizar trabajos que encontraba, dignos de un mago. Recuperar botines robados, robar botines, vagabundear por los rincones de la extraña trama política de la ciudad sin siquiera detenerse a pensar qué lado tomar ni qué convenía hacer. No tenía importancia. Lo que sí la tenía era el dinero que conseguía con ellas. Las recompensas eran abundantes, pero realizarlos era increíblemente difícil. Varias veces tendría que enfrentarse a magos mucho más fuertes que él, que lo dejarían fuera de combate casi instantáneamente.
Pero la persistencia no le permitía rendirse, deprimirse ni echarse atrás.
“Deberías ser más cuidadoso y elegir trabajos con más cautela” sugirió la mujer.
“¡Soy Hakko’sei, hijo de Taranis! ¡Soy el Dragón, el Dios del Rayo!” entre cómicas vueltas, el joven clamaba como si se tratara de una obra dramática. “¡Nada puede detener a quien invoca la tempestad!”
Y en efecto, todos podían hacerle frente, pero la tempestad no se detendría. Él se sobrepondría a cualquier impedimento y conseguiría, al fin, lo que anhelaba. Definitivamente, se haría más fuerte y superaría cualquier obstáculo, irradiando su vigor con la fuerza de diez mil soles.
Serenity.

Cuando habría tenido aproximadamente diecisiete años, el Dragón del Rayo tomó una misión que el duque de Simethis publicó en las paredes de la ciudad. El apresurado mago descuidado la tomó sin pensar dos veces y se dirigió al sitio en cuestión.
Una vez allí, ascendió por un camino de montaña que conducía hacia la cima de la misma. En aquel lugar se encontraba un antiguo santuario al que peregrinaban varios aldeanos para rendir sus alabanzas a los dioses que hacían prosperar sus futuros. El popular santuario hacía meses había sido asediado por ladrones, y varios se asentaron en el lugar para asaltar a los visitantes que pasaran. La espesura del bosque de la pequeña montaña brindaba abrigo a los vándalos, a quienes las fuerzas de seguridad comunes no pudieron combatir. Los aldeanos, cansados de la situación, pusieron precio a las cabezas de los invasores del templo y dejaron que los magos sedientos de Jewels les dieran caza.
Evidentemente, todo era por el botín. Con el pasar de los años, Hakkô'sei se transformó en un egoísta empedernido. No le gustaba mezclarse con aquellos que no podían usar magia, y con suerte hablaba con alguien más que no fuera aquella mujer con la que vivía. Era un ser despreciable, a quien el bienestar de los aldeanos no podía importarle menos.
Pero él no era la única desgracia interesada por el dinero allí en la montaña. Avanzando por el camino opuesto se encontraba Reimei Kogane, un alto mago de atezada piel, cabello blanco y vivaces ojos glaucos. Conocido por su afanoso vicio con las mujeres y el vino, el nefasto mago no era más que otro obstinado sin rumbo, casi como un clon de Hakko’sei.
Sin pausar su caminar, avanzaron cada uno por su camino, hasta que estos dos senderos se enlazaran al pie de las escaleras en la ladera que conducían al santuario. En un principio pensaron que se trataba de un aldeano que visitaba la montaña, y prefirieron no comprobar sus sospechas, mezquinándole la mirada a los simples humanos. Pero fue entonces que, cuando comprendieron que el segundo visitante de la montaña emprendía también el camino hacia la cima, sus ojos se levantaron a comprobar la identidad de la figura.

— ¡¡¡TU!!! — bramó la voz de Hakko’sei, señalando al peliblanco sin creer lo que veía.
— ¡OTRA VEZ TÚ, MAGO INMUNDO! — Reimei respondió al sobresalto del hombre con la misma reacción.
Ambos magos se tomaron por el cuello, en una riña que parecía ser una broma entre amigos.
— ¡¿Te has quedado con mi botín anterior y ahora me quieres quitar este, bastardo?!
— ¡¿Eh?! ¿Y qué te haces el pobrecito, si el sábado te quedaste con mis mujeres, ¡idiota!?
Como si no fuera suficiente luchar para la verdadera misión, había que hacerse paso entre la competencia. Ninguno de los dos pretendía gastar su magia en aquel combate, por lo que decidieron el mismo por su fortaleza física.
Intercambiaron golpes, sin definirse un ganador o alguien que llevara la ventaja. Parecía ser que estaban igualados, y no quisieron recurrir a otros métodos para decidir un vencedor.
— Eres molesto. — balbuceó Reimei, sentándose en la escalinata. — Mira que encontrarte todo el rato… — estiró los brazos por sobre su cabeza, mientras que Hakko’sei movía su hombro en círculos, como si quisiera reconfortar el dolor. — Tú eres molesto. Apuesto a que me estás siguiendo, ¿eeeh? — el altanero tono del mago apenas lo enfadó — ¡Si, claro!
— Ya… Ranma…
— Es Reimei
— Eso dije. Ranma, ¿no es insoportable que tengamos que vernos así?
— ¡Que es Reimei! Y claro que es insoportable verte, ni que me sintiera afortunado de encontrarme con un méndigo como tú.
— No, engendro, que es insoportable tener que estar peleándonos entre magos por trabajos. Míralos, arrojándonos papeles de “Se busca” como si fueran galletas a unos pájaros. Nos despedazamos entre nosotros por unas monedas, me tiene cansado.
— Es lo que hay. — dijo despreocupado, y se dejó caer sobre un escalón. — Supongo que no tenemos otra cosa que hacer.

— Pero debería, ¿no? Deberíamos poder organizar todas estas peticiones… y encontrar más trabajos que hacer, que estos pútridos aldeanos confíen más en nosotros para darnos otros tipos de trabajos…
— Sería ideal si encontramos una manera para no pelearnos por los botines… es lo que más me preocupa.
— Tendríamos que organizarnos para no tomar todos los mismos trabajos… ¿por qué no hacemos eso, los magos?
— Somos todos unos resentidos.
Hakko’sei echó a reír, sin querer admitir que su compañero tenía razón.
— Hagamos algo para organizar a los magos de esta ciudad, Ranma
— ¡REIMEI, QUE ES REIMEI, TE DIGO! ¿Cómo te confundes dos nombres así? ¡¡Qué ni suenan parecido!!
— Bueno, como te llames, por qué no creamos una manera… un algo que una a los magos… un… un…
— Como eso que los otros llaman “Gremio”…
— ¡Exacto! — la expresión de descubrimiento en el rostro de Hakko’sei era sublime, como la de un joven al encontrar dónde sus padres guardan las golosinas. — ¡Creemos un “Gremio” en el cual los magos se unan para hacer trabajos, se dividan recompensas, se organicen los trabajos y no tengamos que volvernos a pelear por ellos!
No fue ninguna complicación para el intrépido mago descuidado el convencer a Reimei. El aberrante carisma del infame lo podía conseguir todo.
Los emocionados magos acordaron crear un gremio, al cual llamaron “Serenity”. Sólo la prosperidad los esperaría, entre incontables misiones y las jugosas recompensas de estas, que derrocharían en burdeles y vino.
Hakko’sei, the vicious Mage

La vida fue más fácil tras fundar aquel gremio. Los trabajos acudían a ellos desesperados por una organización que complete con seriedad los pedidos, ya que los magos independientes a veces se distraían en la lucha entre sí y jamás completaban a un debido tiempo los trabajos. Ellos, en cambio, acapararon las demandas y cumplieron con tal efectividad cada trabajo, que nadie más en la ciudad confiaba en dejar misiones al viento. Sólo aquellos que no se dignaban a pagar por los caros precios del Gremio, claro estaba.
Had things that should be left apart

“Creo que ha llegado el día en que pueda dejarte tranquila” clamó el joven al entrar, un verano irascible, a la morada de la misteriosa dama.
“Has crecido rápido” fueron las pocas palabras que emitió. “Ve, y sé precavido. Recuerda no revelar lo que eres…”
“Mantente oculto mientras puedes.” Completó el joven, con una sonrisa en su rostro. “¡Vendré cada tanto a visitarte, abuela!” clamó, perdiéndose en la frondosidad del bosque.
To reach for the light.
Nunca comentó la naturaleza de su magia. Para la vista de todos, Hakko’sei era el fundador de Serenity, un mago alquimista, creador de rayos y tormentas. Y para él, era mejor mantener esa máscara mientras pudiera.
Por cierta razón, no comprendía por qué mantener en secreto el hecho de ser un Dragon Slayer. “Es un poder tan grande que nadie debería conocer que eres portador del mismo, Hakko’sei” fueron las palabras de la mujer. Cuestionó el hecho, pensó en comentarlo a Reimei, quien para esas alturas era como un hermano para él. Pero mantener su silencio fue lo mejor que pudo haber hecho en años.
Un año tras haber fundado Serenity, un incidente sacudió al Reino de Fiore. Una ciudad sucumbió bajo el poder del primer Dragon Slayer que la historia conocía. Un desquiciado y poderoso hombre que arrasó con una ciudad entera, devorando a todos los habitantes en ella. Lamentablemente, su hermano sobreviviría y fundaría aquel ente infernal que los magos llamarían “Consejo Mágico”. Un cuerpo de magos destinado solamente a restringir las libertades de los magos, una verdadera pesadilla para el placer por Jewels y los combates desenfrenados de Serenity. Las exigencias eran tales que, de haberse enterado que el mismísimo líder de Serenity poseía el mismo poder aciago de “aquel” mago, seguramente lo hubieran condenado a muerte y disuelto el gremio.

“Recuerda nunca revelar lo que eres.” Rememoró el joven, hundiéndose de nuevo bajo la máscara.


Apariencia: Sinbad - Magi




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