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Ficha de Kisho.

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Ficha de Kisho.

Mensaje por Kisho el Lun Mayo 05, 2014 12:56 am

Nombre:  Alexley Koslov.

Apodo: Kisho.

Sexo: Masculino.

Edad:  Diecinueve años.

Originario de: Alcalypha, pero actualmente se encuentra en Hargeon.

Clase: Magia portadora.  

Tipo de Magia: Magia de objetos.

Gremio: Mago independiente.

Descripción Física:

Bajo la bendición del dios de la juventud y la galantería, Kisho goza al máximo de los privilegios de sus atributos físicos. Con una altura de aproximadamente ciento setenta y cinco centímetros, este goza de una excelente ventaja para el combate físico a tan temprano momento de su vida. Posee una larga y lacia cabellera rubia, que cae como una catarata por debajo de la mitad de su espalda, Kisho es un joven de cuerpo bastante fornido a causa del peso que lleva todo el tiempo en su espalda.  Sus orbes añiles casi grisáceas reflejan un fuerte sentimiento de desamparo y desentendimiento por la realidad. Una máscara de acero negro cubre su rostro desde la base de su nariz hasta el final de su mandíbula, ocultando bajo ella las atroces cicatrices de un violento e injusto pasado.  Son sus ojos, y las ojeras que acompañan los mismos, es lo único que la máscara revela de su rostro.
Sus ropajes son extremadamente ligeros y consiste en un kimono cuyo pecho, es blanco con detalles negros, y sus piernas de color negro. Posee unas hombreras de cuero negras, una faja de cuero negra con detalles blancos, y un par de guantes de cuero negro que le llegan hasta la mitad del antebrazo. En su espalda lleva sus dos discos de acero sostenidos por un arnés, y bajo estos, se encuentra el extraño y siniestro báculo de madera que parece tener un ojo cerrado con una textura en su tallado que casi parece real.

Lleva en su cuello una cadena de plata que atraviesa y sostiene una perla color jade.





Descripción Psicológica:

Hasta el momento, Kisho se ha demostrado como una persona seria, más no fría. Disfruta de la soledad, ya que se niega a sí mismo el privilegio de tener un acompañante o de tomarle cariño a las personas. Es la máxima expresión de la desconfianza, ya que con cada persona que conoce, parte de la premisa de que no debe confiar en ella. No le agrada trabajar en equipo ni mantener largas conversaciones, aunque con paciencia y varios tragos de Sake encima puede llegar a ser una calidad compañía.
Es un apasionado amante de la lectura, mitología, religión e historia, y en su silencio, suele rozar el límite entre la realidad y su propia imaginación. Odia en exceso que se rían de sus creencias o las tomen como absurdas, lo que no suele ser buena combinación con su extrema volatilidad. Cuando entra en confianza con la gente, puede ser amable, o incluso llegar a hacer alguna que otra broma, por lo que no resulta en lo absoluto alguien frío. Suele gozar del humor negro, aunque no es habitual en él practicarlo.

No tiene una diferencia clara entre el bien y el mal, por lo que no dudaría en matar a alguien nuevamente (revisar historia), en caso de que lo crea conveniente para proteger a las personas que valora.



Miedos:  Perder a las personas que le importan y las alturas.

Historia:

La tormenta rugía con estrepitosos truenos y era la lluvia la que le daba una melodía arrítmica a aquella noche de verano, en el que una familia fue bendecida por su primer y único hijo. Su madre, Fukushina, y su padre, Tomi, eran los líderes de las empresas de transporte de bienes más grande de la ciudad mercantil, por lo que jamás tuvieron dificultades económicas. Los años comenzaron a pasar y Alexley jamás tuvo la posibilidad de conocer lo que significaba un hogar, ya que por el trabajo de sus padres, él y su familia estaban todo el tiempo en constante movimiento.
Fue capaz de conocer el mundo, desde la enorme ciudad de Era hasta la ciudad portual de Hargeon, a medida que viajaba se iba retrayendo más y más dentro de sus propios pensamientos. Eventualmente comenzó sus estudios, haciendo la mitad de ellos en academias normales y la otra mitad, por su parte, con sus padres viajando de ciudad en ciudad.

A medida que conocía gente nueva, se iba dando cuenta de lo importante que era la magia en la vida de las personas. No era extraño escuchar niños de su edad diciendo que querían ser poderosos magos, e incluso llegó a conocer niños que realmente podían llevar a cabo distintas y espectaculares magias, pero aquello nunca fue del interés de Alexley. Él tenía una gran ambición de hacerse cargo del negocio de fu familia cuando fuese grande, y para ello, estudiaba con esfuerzo todos los días de su vida.

Habían pasado ya quince años desde la noche en la que había nacido, y él y su familia se encontraban haciendo una escala por la costa meridional, en algún punto entre Hargeon y el camino que se encaminaba al centro del continente, para llegar a la aldea Tully. - ¿A dónde vas Alexley? No falta mucho para la cena. – habló Fukushina con seriedad, al ver al adolescente emprender dirección hacia la costa. – Iré a dar un paseo. No demoraré, lo prometo. – contestó este con una sonrisa en su rostro y emprendió camino hacia la escarpada costa que se extendía frente a ellos.
Caminó por la playa durante varios minutos hasta que llegó a una formación rocosa, y sobre una de las rocas, logró divisar a una chica de espaldas con una hermosa cabellera negra. Demoró varios segundos en darse cuenta de que bajo su cintura, se extendía una cola con una morfología similar a la de un pez.   - ¿Qué demo…? – llegó a susurrar antes de esconderse detrás de una enorme roca, dese la cual continuó observando a la chica.

– Se que estás ahí. Te he visto. Eres discreto como una sala llena de relojes antiguos. Jajajaja – rió la muchacha de forma adorable, a medida que se ponía de pie y sus piernas comenzaban a adoptar una morfología más humanoide. El rubio salió con desconfianza del refugio que su roca le ofrecía, y con cautela, se acercó a la chica, sin nunca despegar de ella sus ojos llenos de asombro.

— Eres una sirena…
– Y tú eres un cobarde. Eres el primer hombre que conozco que se asusta de una chica. ¿A caso te asusto?

Murmuró la chica con una voz pícara a medida que saltaba desde la roca en la que se encontraba y se acercaba al rubio cuyo prolijo cabello le llegaba cerca de los hombros.  Caminó alrededor de él mirándolo con curiosidad. - ¿Qué tengo de raro? – inquirió el chico algo ofendido por la mirada de la chica. – Pues... es la primera vez que veo a un humano. Pensé que serían más feos. – rió de forma pícara antes de picarlo con un palito que encontró cerca de ella. - ¡Oye! Nadie te dio permiso de picarme con un palo. – murmuró el chico golpeando suavemente el arma homicida de la chica. - ¿Y qué harás para impedirlo? Cobarde. Jajajaja – rió la chica antes de correr por la playa, siendo el rubio quien comenzó la persecución.

Las horas pasaron e incluso se olvidó de volver a cenar. – Jamás me había divertido tanto con alguien. – sonrió el joven, tendido en la arena a un lado de la chica, quien también sonreía. – Tengo una idea. – propuso ella apoyándose en su antebrazo y mirando al rubio directo a los ojos y quitándose un collar con una perla.  - Seamos amigos.  Cuando esta perla toque el agua del mar, yo podré sentirlo, y vendré a estar conmigo. De esta forma, no importa donde estés, si hay mar, yo podré venir y estaremos juntos. ¿Te parece?  - la chica quedó expectante a la respuesta del pelirrojo, que enseguida entrelazó su meñique con el dedo meñique de la chica, que parecía no entender lo que estaba sucediendo. – Entre los humanos, esto significa que es una promesa. ¿Te parece bien? – y ante el hermoso semblante de la chica, aquella promesa quedó sellada.

Durante el siguiente año, el rubio y la chica se vieron todas las tardes que él estaba cerca del mar. Alexley le traía regalos desde las ciudades del centro del continente y le contaba historias sobre las montañas, las metrópolis e incluso sobre la magia. La relación entre Alexley y Umi, como se hacía llamar, pronto se volvió cada vez más y más estrecha.
Todo cambió una noche silenciosa en Magnolia. Alexley estaba a seis meses de cumplir diecisiete años, y se encontraba hospedado en un hotel junto con sus padres. Un ruido lo arrancó de los brazos de morfeo, y se levantó, para emprender camino hacia el pasillo donde se encontraba. Una sombra oscura lo tomó por sorpresa, y antes de que pudiese reaccionar, un fuerte golpe le fue asestado en la cabeza, el cual hizo que automáticamente perdiese el conocimiento.

El sonido del trote de una cantidad de caballos lo hizo volver en sí. Intentó llevar sus manos a su cabeza para analizar la seriedad de su herida, pero fue entonces que se dio cuenta de que estaba amordazado contra un asiento. Miró hacia los costados, y solo encontró un montón de objetos tirados que no parecían tener mucho valor. - ¡Detenganse!...hablaré con nuestro acompañante.  Jajajajaja – murmuró una voz, y al instante el sonido del galope de los caballos se detuvo. Logró escuchar los pasos acercándose a la puerta, y quedó enceguecido cuando la misma se abrió, pero no demoró mucho en cerrarse. – Bienvenido a nuestra agencia de viajes, joven burgués. – murmuró un hombre de aire siniestro, que enseguida se sentó frente a él y sin despegar sus ojos del joven rubio, retiró un cuchillo de su bolso, el cual comenzó a limpiar con un pedazo de tela. La cabina en la que estaba era bastante espaciosa, lo suficiente como para poder pararse y caminar tres pasos entre un asiento y otro. - ¿Dónde estoy?...¿Qué está pasando? ¿Dónde están mis padres? – preguntó el joven sintiéndose bastante débil. – Pobrecito, ¿extrañas a tus padres?... bueno, lo mismo nos preguntamos nosotros. ¿Dónde están?... – exclamó el hombre pasando de un tono burlón a uno más amenazante. Era bastante evidente que aquel joven no tendría idea de absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, por lo que se limitó a negar con la cabeza de forma débil y agachando la cabeza. – Realmente no lo sé. Ni siquiera sé donde estoy. – los ojos del captor comenzaron a ser asediados por la ira a medida que se ponía de pie.
- Si no quieres colaborar, no importa. Nos encargaremos de encontrarlos y de que nos den lo que queremos. Pero les haremos entender que no se juega con nosotros. – escupió las palabras, y tal era la ira que había acumulado en la última frase, que sus palabras fueron casi indescifrables. Con su diestra, tomó al ojiazul por su cabello de forma brusca, y sin tiritar ni un segundo, desgarró con su cuchillo la piel de la comisura de los labios del niño, haciendo que un hilo de sangre se desprendiera de cada uno de los cortes.

– Tus padres no volverán a engañar a nadie…¡ME ENTIENDES CHICO! – gritó al instante que propinó un fuerte golpe de puño en el abdomen del chico, que gimió de dolor, y al hacerlo, la herida de sus labios se abrió varios centímetros en dirección a sus mejillas, provocándole un dolor indescriptible. – Eso es. Sangra para mí. ¡TE VOY A ENSEÑAR LO QUE ES EL SUFRIMIENTO! – gritó y enterró el cuchillo en la pierna derecha del chico, y al retorcer el cuchillo dentro de su carne, provocó que el mismo gritara, desesperado de dolor, y al hacerlo, la herida de sus labios se extendió por su mejilla casi llegando hasta sus oídos, provocando que la sangre emanara en ríos de su rostro, y que su mandíbula perdiese su soporte, quedando la misma descolgada y quedando su boca abierta el doble de lo que puede una persona normal.
Agachó su cabeza casi perdiendo el conocimiento, mientras su atacante retiraba el cuchillo de su pierna. - Te mataré…  - susurró el rubio con dificultad, debido a que no podía cerrar su mandíbula. – Lo veo difícil. Jajajajaja – se burló su captor, antes de notar que aquel llevaba una hermosa perla en su cuello.
- ¿Qué es esto? – susurró sosteniendo la perla del cuello del rubio. - ¡SUELTALA!¡SUELTALA! – gritó ahora levantando su rostro en dirección al hombre, mientras movía de forma brusca su cuerpo intentando liberarse. – Ohh, veo que es valiosa. Me la quedaré. – arrancó el collar del rubio, y en el momento que se inclinó para sacárselo, el joven le propinó un fuerte cabezazo que le fracturó el caballete y lo hizo dar dos pasos hacia atrás. - ¡HIJO DE PUTA! ¡¿CÓMO TE ATREVES?! – gritó el hombre, y en ese momento, lanzó una estocada directa al cuello del rubio.

Fueron tantos los sentimientos negativos que se hicieron presentes en ese momento, que hicieron reaccionar a un bastón de madera que había cerca de ellos. Aquél báculo, estaba almacenado como algo inútil, y sería tirado en la próxima limpieza del carruaje. Sin embargo, en ese instante, un ojo que se encontraba cerrado en el extremo de dicho comenzó a observar en todas direcciones. El rubio fue el único que se percató de aquello, y en ese instante, sintió como su captor comenzaba a apuñalar con ira las cuerdas que lo sostenían, hasta que este quedó libre. Sin embargo, no se movió del lugar. - ¡MALDITA BASURA! ¡ESPERO QUE DISFRUTES ESTANDO MUERTO! – gritó dando por sentado que el rubio había muerto.
Este último se inclinó a un costado y comenzó a caminar con dificultad alrededor de su captor. Aquel, seguía insultando en dirección a donde antes estaba sentado el rubio, como si aún siguiese viéndolo allí. [Ese báculo hizo una ilusión…pero yo no soy mago. No comprendo…pero hay algo que comprendo…quiero mi collar, y quiero a ese imbécil muerto. ] se dijo para sí mismo, y entonces sostuvo en su diestra un disco de metal y posteriormente, lo utilizó para golpear con extrema violencia a su captor, quién cayó al suelo.  Una vez que estuvo en el suelo, sostuvo con sus dos manos el disco y comenzó a golpear con violencia el rostro de su captor, hasta que el mismo perdió completamente su forma y se rompió en cientos de pedazos.

Se puso de pie, completamente cubierto de sangre, y se ató a la espalda ambos discos,  el báculo, que aún seguía con su ojo abierto y una máscara de acero negra. Abrió la puerta del carruaje, y con miedo, comenzó a caminar en dirección al bosque, impresionado al ver que ninguno del grupo de sus captores pudo advertir de su presencia al escaparse, aún cuando pasó por enfrente de ellos. Fue entonces, que uno de sus captores intentó abrir la puerta del carruaje, aunque estaba abierta, y fue recién entonces, cuando notó que aún seguía manteniendo la ilusión.

Varios días pasaron desde aquel fatídico día, y lo único que buscó fue llegar al mar y una vez que lo logró, sumergió la perla que había retirado del cuerpo inerte de su captor, y lo sumergió en agua.
– Vaya, pensé que te habías olvidado de… ¿Qué te sucedió? – preguntó la chica pasando de un tono serio a un tono inmerso en preocupación. - ¿Por qué llevas esa máscara? – preguntó aquella, notando la tristeza en los ojos del rubio, quien hizo su mirada a un lado. – Los humanos somos criaturas despiadadas…ahora soy un monstruo. – murmuró Alexley, mientras la chica retiraba con dulzura la máscara del rostro del chico, y observaba con ternura su demoníaca sonrisa, y como el joven había mantenido su mandíbula unida mediante unos hilos mal cocidos entre su herida sin cicatrizar. – No eres un monstruo… eres Kisho… se que te conoces a ti mismo. Para mí, sigues siendo igual de hermoso que siempre. – susurró aquella y posteriormente fundió sus labios con los del chico, en un profundo y largo beso que duró durante horas.

Durmieron abrazados en la calidez de la playa bajo la cálida mirada de la luna, pero Umi no volvió a responder al llamado de su perla.

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Una ola impactó la enorme roca y el agua proveniente de la misma formó un pequeño arcoíris frente al cuerpo del autodenominado Kisho. Cerró de forma brusca un libro bastante grande que tenía en sus manos y lo guardó en un bolso que llevaba colgado en su hombro junto con sus discos y báculo. Había dedicado los últimos dos años y medio a buscar a Umi, ya que estaba preocupado de que algo le hubiese sucedido. Recorrió las costas de Fiore una y otra vez, cumpliendo algún que otro trabajo para ganar algunas monedas, y liberando su tención por medio del entrenamiento que llevaba a cabo con sus objetos, los cuales resultaron tener magia.
El crepúsculo comenzaba a dar paso a la noche, y el rubio retiró de su cuello la perla para sumergirla en el agua, como hacía todos los días cuando se encontraba en la costa, pero nada sucedió. Cerró su puño con fuerza sobre la perla y cerró los ojos. – Umi, prometo que te encontraré. – pronto cayó la noche, y la pasó sentado sobre aquella roca, esperando en vano que respondieran su llamado.

Apariencia - Akechi Mitsuhide, Sengoku Basara


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