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Gestas Emocionales y Furtivas Previas al Segundo Trabajo

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Gestas Emocionales y Furtivas Previas al Segundo Trabajo

Mensaje por Heihachi Metal Maniac el Miér Jun 18, 2014 5:44 pm

Aburre pensar en el pasado. Veo en él lo que considero una preparación mental. No hay mucho que recordar además de lo usual en alguien de yo, con mi estilo de vida, mis amistades, mis familiares, mis aspiraciones, mi personalidad... diablos, eso último me saco del típico. Heihachi estaba inmóvil, sumergido sobre su asiento de tren y mirando por la ventana cientos de imágenes a las que no les prestaba atención. A su alrededor estaban varios medios de entretenimiento: revistas sobre nuevas tecnologías, magia, vanidades; un carrito con bocadillos de acceso gratuito; personas con quienes hablar, personas a quienes estudiar; y, más al fondo en su vagón, algunos juegos de estrategia en mesa y un grupo jugando con ellos, aceptando retos de quien fuera. Pero al mago no le interesaba nada de aquello. Prefirió sumirse en sus pensamientos. Siempre creyó que pensar en el futuro era un pasatiempo inútil, pues nadie tenía certeza de él. En el presente no encontraba nada interesante, salvo mirar a través del cristal. Entonces, escogió dedicarle tiempo al pasado.

Lo que antes le daba felicidad ahora lo consideraba absurdo. Juguetes, amistades, encontrar a Mamá cuando llegaba del trabajo y hacer «visitas sorpresa» a su padre cuando éste pedía estar a solas en su oficina. Recuerdo que era el único que podía entrar allí sin ser ignorado y echado a patadas morales. Veía a su mamá muy poco, y ese «poco» era por las noches, cuando tenía ya mucho sueño como para querer jugar con ella, cosa que nunca habría conseguido. Con su papá era distinto, podía verlo a todas horas salvo los días que trabajaba fuera. Al ser escritor podía crear sus obras en casa para sólo tener que salir durante el estreno de éstas y alguna que otra ocasión de publicidad. Heihachi era para su padre más que un libro abierto, era un libro parlante que le contaba cualquier parte de su contenido sin titubeos ni dudas. Al pensar en ello, el alquimista recordó una de las frases que mejor recordaba de su papá, una que le dijo a solas y que supo que jamás escribiría en sus libros aún cuando él mismo reconoció que era una buena filosofía. — Hijo, tú eres el libro... mi obra más amada, porque te escribes solo y sé que soy privilegiado al ser el único que puede leerte completamente. Aquella frase pasó a la posteridad como el recuerdo indeleble de quién era su padre y qué tanto valían el uno para el otro.

— En cinco minutos llegaremos a Magnolia, les pedimos a los pasarejos que tengan esta ciudad de destino, por favor, preparen su equipaje. Heihachi miró el altavoz mágico colgado al lado del alféizar que había junto a la puerta del vagón. Las palabras desprendiéndose de éste y creando en el aire el mismo diálogo de la dependienta le hicieron salir de sus memorias por un momento. Recordó una vez más la escena con su padre y esbozó una sonrisa que le duró hasta que fue a buscar su equipaje.

Al llegar a Magnolia fue el primero en bajar del transporte. Sólo llevaba una maleta -no muy pesada- así que había podido prepararse con prontitud. El bullicio de la multitud que reunían los mercaderes y las personas que bajaban de los trenes estresó al Maniaco del Metal. Por eso mismo había bajado primero, y también por ello se retiró a paso rápido.

En cuanto llegó a su casa todas las horas de descanso que pasó en el tren parecieron perderse, dejando al joven en un estado de fatiga. Lo normal tras un largo viaje. Le ordenó a uno de los empleados que llevara el equipaje a su habitación y, al no sentir fuerzas ni ánimos para subir él también -puesto que su pieza se encontraba en el tercer piso de la enorme casa-, decidió recostarse en el sofá más largo de la sala, quitarse los zapatos y dormir.

— ¡Hijo, ya regresaste! —Llamó su padre interrumpiendo su siesta. — Papá, estoy cansado. Hablamos luego, ¿sí? — De acuerdo —contestó, frotando el cabello despeinado de su hijo y retirándose con una armoniosa sonrisa. Otro aspecto positivo de su padre es que sabía comprenderlo, y darle su espacio cuando lo pedía.

Tras dormir un par de horas, y a sabiendas que ya se sentía recuperado y faltaba una hora más para la comida, Heihachi bajó del sofá y caminó descalzo hasta el gimnasio de uso personal que tenían en su hogar. Ahí tomó un par de guantes y empezó a estampar golpes contra un bulto negro de cuero relleno de arena. No era aficionado al boxeo, sólo que hacer eso lo relajaba.

— Hijo —volvió a llamar su padre, irrumpiendo en el lugar. — Ah, papá. Hola —saludó el joven sin dejar de ensartar golpes alternando las manos. — ¿Te gustaría hablar del trabajo? ¿Lo disfrutaste o... ? —Así como el señor dijo conocer a Heihachi, éste lo conocía a él, por eso halló de inmediato un doble sentido en su pregunta. — ¿Por qué quieres saber si me gustó? —sondeó Heihachi, dejando de golpear y deteniendo el meseó del bulto de cuero con ambos guantes. — Sólo porque me da curiosidad, ya sabes, eres mi... —se detuvo al ver el entrecejo fruncido de Heihachi—. Bueno, ¿me quieres contar o no? —el alquimista soltó una risita. Ver a su padre queriendo mentir y ocultando algo le era bastante cómico, más aún porque parecía que en verdad creía que podía engañarlo. — Vale, te contaré. Como te dije antes de irme, el trabajo consistía en atrapar a un ladrón de ganado. Llegué, lo pillé y regresé. —Contaba mientras reanudaba su boxeo. Baek -nombre del padre- quiso cuestionarle por qué no quería contarle todo con detalles, pero supo que su hijo también transmitía otro mensaje en su respuesta. Si él no le decía qué estaba ocultando tras su charla, no le contaría todo. — Hijo, por favor, sólo quiero saber... — ¿Saber qué? —aumentó el tono de voz— ¿Que sudé la camisa? ¿Que me cansé? ¿Que siento que la paga es miseria y no lo vale? — Ése no es el punto, hijo... — Yo sé que no —volvió a interrumpir, ahora aumentando la potencia de sus golpes y la velocidad con que estos se estrellaban en el bulto—. Todas esas preguntas y la interrogación que tienes en mente es por Mamá, ¿verdad? —reclamó. — A ella no la metas en esto, no tiene nada que... —Heihachi detuvo otra vez sus golpes, ahora con los labios fruncidos y sin sostener el tambaleante costal. Miraba a su padre sin la intención de decirle nada más si no dejaba las envolturas a un lado— De acuerdo, es por ella —admitió—. Pero ya sabes que le preocupa todo esto de que quieras ser un mago. Es peligroso, ya lo sabes. Como dijiste, te cansaste y quizá arriesgaste mucho. Sabes que no quieres seguir con esto, no es para... —Heihachi agudó su semblante a un «no sigas». — Papá, hablas de mí creyendo que sabes todo lo que pienso. Estoy seguro que es verdad, que me conoces excelentemente; así que deja de persuadirme como si no me conocieras. —Prácticamente había estallado, marcando el fin de la disputa. Su rostro estaba muy sudado y rojizo, pero no por enojo, si no por el entrenamiento con los guantes. Aún así, quería desahogar aquel mal momento a puñetazos.

— Vale —musitó Baek—. Haz lo que... —«te haga feliz», concluyeron los dos al mismo tiempo. Era la frase, el consejo que siempre le daba ante cualquier situación, fuera difícil o vanal. Heihachi le sonrió y su padre correspondió a su sonrisa con una propia. Los dos se entendían bien y nunca cortaban la conversación sin aliviar las asperesas.

Cosa atroz de contar: cuando Heihachi regresó la vista al costal, imaginó a su madre en su lugar y golpeó con más fuerza.
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Re: Gestas Emocionales y Furtivas Previas al Segundo Trabajo

Mensaje por Heihachi Metal Maniac el Jue Jun 19, 2014 4:30 pm

Permaneció dos horas más en el gimnasio, alcanzando el punto del cansancio en el que los músculos arden, se ensanchan, pero a la vez parecen perder peso. Sin embargo, segundos después de haber dejado de golpear, todo su cuerpo parecía insistir en llegar al suelo, pesándole lo que un cuerpo hecho de metal lo haría.

Aguantó la pesadez y aplacó su sed con una jarra llena jugos frutales. Deambuló otro poco por la casa hasta llegar al balcón que había en la habitación de sus padres. No tenía problema en entrar allí, sus padres nunca se lo habían impedido. Era, desde que alcanzó cierta altura, su lugar favorito. Desde ahí podía ver toda la ciudad de Magnolia, a excepción del par de calles que había detrás y la estación de trenes.

Miró la grandeza del lugar, sus divisiones y el sinfín de casas que se le postraban como casi una pintura intacta. De no ser por todos los transeuntes que moteaban las calles, el panorama sería una espectacular imagen.

Al no reparar en el reloj, se pasó de la hora prevista para su cita. Mierda, pensó, imaginando los rostros inconformes que vería.

Días atrás, antes de que se marchara a Isla Galuna, Heihachi había quedado con un sujeto para un encuentro de competición. No se trataba de un evento deportivo ni de nada que estuviera bajo el permiso de las autoridades. Era, como muchas otras actividades que llevaba a cabo el alquimista, un evento clandestino.

Salió de su hogar con unos pantalones raídos -hechos así a propósito- y una cazadora de cuero negro. Accionó un botón para abrir el garage y entró en éste apenas hubo espacio entre la puerta vertical corrediza y el suelo. Salió con una motocicleta tuneada antes de que la puerta se abriera por completo.

El vehículo reflejaba la parte ruda del mago. Llevaba más estampados que pintura base. Había figuras conocidas pero mezcladas y sobrepuestas de tal forma que creaban imágenes distintas. Hubo quien dijo que aquello era una obra de arte abstracto.

Su primer destino fue una casa que se encontraba a un par de calles. Ahí recogió a Jin, su único amigo. — No pensé que hablaras enserio —dijo éste cuando Heihachi le comentó a dónde iban. — ¿Alguna vez me has visto huir de un reto? —Reclamó. — Sí, la mayoría de las veces que te los piden. —Contestó con voz obvia. — Pero esta vez es diferente. No voy a enfrentarme con un riquillo adicto al gimnasio ni a un fulanillo de barrio. El que me retó... — Es un mago —terminó Jin—, ya lo sé. ¿Y sabes qué? ¡Hazlo! Sí, hazlo. Ve, hazle frente y... ¡recibe la mayor paliza que te han dado en la vida! —Heihachi dio un acelerón fuerte que casi tumba a su compañero de la motocicleta. — Sabes que no tienes oportunidad. —Concluyó Jin.

Él tiene la misma edad que Heihachi. Es una especie de bodoque maduro: gordo, desalineado y poco aseado. Si en toda la ciudad era el único que había enlazado amistad con el alquimista era por una sola razón: no juzga a nadie. Heihachi nunca fue de los reservados, siempre exponía sus puntos de vista y buscaba incluirse en los grupos sociales. Durante toda su niñez no encontró a nadie que entendiera su singular forma de ser, a excepción de Jin, quien no lo comprendía del todo pero jamás le lanzó una mirada de recelo. Jin, en cambio, siempre fue rechazado por los demás por su aspecto. Son entidades muy distintas, cada uno con sus débilidades y fortalezas. Quizá sea el hecho de que los dos persisten en no cambiar lo que los une más, pues ninguno cede a adoptar la forma de ser y los gustos del otro, de tal manera que no se aburren de seguir descubriendo lo que se tienen preparado en el futuro.

Llegaron al punto de encuentro con un reconocido retraso. Había personas de personalidades distintas, apariencias diferentes y grupos sociales varios, pero todos compartían más o menos la misma edad, rondando los veinticinco.

— Haz llegado... —mencionaba Taeko, el mago contrincante, abriéndose camino entre los espectadores que esperaban ver una expresión de miedo en Heihachi, pues los pasos del otro iban servidos para íntimidarlo. — Tarde, ya lo sé. Ahora vamos que esta gente quiere vernos en acción y no escuchar tus quejas —hubo algunos sonidos carboneros en la audiencia, echando leña al fuego para que Taeko se enfadara. No obstante, él se dignó a tomar su lugar.

El encuentro no era un evento de quién gana y quién pierde. Podían perder ambos o salir igualmente triunfadores, aunque lo segundo era poco probable. Se trataba, pues, de una especie de apuesta. Correrían en motocicleta, cruzando toda la calle que dividía Magnolia hasta llegar a la orilla contraria. Parecería fácil, pues esa carretera era poco transitada a esas horas de la noche y no estaba vigilada puesto que el camino era ancho y no había gente a quienes proteger ahí. El verdadero problema era el punto medio de la carrera, donde tendrían que cruzar la zona más transitada de la ciudad: La Catedral. Seguro se toparían a personas ahí. También habría tráfico y más de uno intentaría atraparlos para llevarlos a las autoridades por conducir a alta velocidad. La única regla que tenian iba ligado a esto último, pues no tenían que bajar de los 80 km/h.

Hubo vítores y abucheos entre los espectadores, dedicados a ambos bandos pero la mayoría apoyaban a Taeko. Quizá la pequeña actuación que hizo Heihachi fue lo que le consiguió algunos gritos a su favor. Bien, hay tres posibles desenlaces. La más probable es que ambos seamos atrapados en La Catedral, la segunda es que uno de los dos se las apañe para cruzar y tenga el resto del camino libre, y la tercera es que ambos podamos pasar y sólo uno pueda ganar. Heihachi llegó a la conclusión que rompía con la idea de que la competencia no era de quién ganaba y quién perdía. Si llegaba el último escenario en el que ambos cruzaban, el primero que llegara a la «meta» sería el ganador.

Heihachi pensó mucho en ello. Como no había reglas -exceptuando la dicha- ni reestricciones, había una idea de pormedio que no se habló pero que estaba contemplada. La magia era justa. Podían lanzarse hechizos y defenderse con éstos en el trayecto de la carretera. Obviamente en La Catedral sería más peligroso hacer esto, por lo que podría descartarse su uso en esta parte. Además de que podían herir a los civiles, les restaría concentración en el camino cuando más atentos debían de estar. Entonces le llegó la pregunta: «¿Cómo debía administrar su magia?». Podía gastar toda en el primer trayecto y esperar derribar a Taeko para así sentirse más seguro en La Catedral, cruzándola con mayor facilidad; o podía guardar parte de su poder mágico en la espera de que el contrincante también lograra pasar y así tuviera con qué contraatacar en la segunda parte del camino.

No pudo pensarlo demasiado como para llegar a una solución concreta. Casi de inmediato se montaron en sus vehículos y los espectadores les marcaron el inicio de la carrera.

Heihachi tomó la delantera. El dinero que invirtió en el mejoramiento del motor se vio reflejado en el arranque. Sin embargo, Taeko, que tenía más experiencia y control, pudo manejar las velocidades adecuadamente para acercarse a él y alcanzarlo. El alquimista estuvo atento al retrovisor todo el tiempo, esperando alguna técnica enemiga de la cual defenderse. Al pensar que Taeko podía ser muy hábil y rápido con la magia, rápidamente principió el uso de ésta creando una armadura de metal en su brazo derecho. Se sintió más confiado por un momento, pero luego vio la sonrisa burlona que esbozó el contrincante. No tuvo que razonar mucho para saber de qué se reía. Había creado un trozo grande de metal unido a su cuerpo y éste sumaba un peso considerable que tenía que soportar el vehículo. Así pues, Taeko puedo rebasarlo con prontitud.

Pensó que hacer un ataque mágico era la mejor opción para recuperar la delantera, pero estaría desperdiciando más energía y su enemigo entonces tomaría más ventaja en ese aspecto. Para enmendar su error se decidió por soltar el manubrio -sólo sosteniendo el acelerador- y con un movimiento ágil de todo su cuerpo logró atrapar la parte posterior de la motocicleta enemiga. Entonces haló de ésta y aprovechó esa fuerza para empujar su propia moto hacia enfrente. Eventualmente, Taeko tuvo problemas para controlar la moto después de eso.

Heihachi volvió a su asiento al momento, dando otro cambio de velocidad y preperándose para La Catedral que ya se veía cerca. Miró el retrovisor y pudo captar la lanza de hielo que le era lanzada. Heihachi viró la motocicleta y pudo esquivarla por poco. Momentos más tarde, entraron al punto de peligro.

Varias personas se exaltaron al verlos venir. «¡Apártense!» gritaban los más astutos para evitar que alguien saliera atropellado. Heihachi pudo maniobrar bien para pasar entre las personas, pero tuvo que perder de vista a Taeko para lograrlo. Algunos guardianes de las calles empezaban a ser llamados. La mayoría sólo eran vistos a lo lejos, pero otros tenían que ser eludidos inteligentemente adentrándose y perdiéndose entre las calles.

Cuando el Maniaco del Metal llegó a una calle solitaria, dedicó unos segundos para buscar al contrincante pero no lo vio. Andará por otra calle, pensó. Un poco más adelante, los dos chocaron en un intersección de calles.

El choque de los vehículos estremeció toda la calle. Algunos vidrios temblaron y los curiosos se asomaron alzando las cortinas. Con quejidos y dolor punzante en varias partes del cuerpo, los enfrentados se pusieron de pie otra vez. Taeko empezó a lanzar figuras heladas para evitar que Heihachi llegara a su moto mientras él mismo se acercaba a la suya. El otro, en tanto, esquivaba los disparos y al final se barrió en el suelo acabando por montarse en su vehículo y poniéndolo al ruedo otra vez. Un par de figuras se estrellaron en su espalda mientras se alejaba, dejando a Taeko por mucho.

Sintió aliviarse al ver que la silueta de Taeko ya era lejana, pero terminó de relajarse cuando notó que al final de aquella calle desolada estaba el inicio del segundo tramo de la carretera. Ya sólo tenía que acelerar y llegar al final.

La manta oscura de la noche ensombrecía ese último tramo, pero quedaba la suficiente iluminación para ver la carretera. En cambio, a los lados nada era visible. Es absurdo, pensó a Heihachi cuando le llegó la idea de que Taeko podía salir de esa penumbra. Entonces, una red salió de la oscuridad y tumbó al mago de la motocicleta, sometiéndolo en el piso.

Heihachi vio a su vehículo alejarse algunos metros hasta que cayó desprendiendo chispas. Se sintió vencido hasta que vio una esfera negra estrellarse en la motocicleta, explotándola y volviéndola cenizas. — ¡Taeko, hijo de puta! ¡Que te has pasado! —Una mano apareció para callarlo, apretando fuertemente su mandíbula. Vio el rostro de su agresor. No era Taeko.

Preguntó quién era pero sólo salieron murmuros inentendibles. — Alguien quiere verte. —Explicó el captor con voz lenta, misteriosa. Si trataba de aterrar a Heihachi, lo había logrado.

Shin no migiude (真の右腕, El Verdadero Brazo Derecho)
Aparece una coraza de metal (similar a una parte de armadura) en el brazo derecho de Heihachi. Ésta le sirve para cubrirse de magias, es decir, es un escudo. Puede soportar varias magias antes de ser destruido, pero se gastará la misma cantidad de poder mágico que se puso en éstas. Al ser creado gasta -1 de magia, mismo punto que después será usado (o sumado, si es una magia mayor a 1) para la defensa ante ataques mágicos. Al no cubrir todo el cuerpo, no puede bloquear magias muy enormes. Máximo 1 una vez por batalla.
D: Soporta sólo 1 ataque mágico. Permanece activo por 2 turnos máximo.

Magia: 8-1=7.
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Re: Gestas Emocionales y Furtivas Previas al Segundo Trabajo

Mensaje por Heihachi Metal Maniac el Vie Jun 20, 2014 7:54 pm

¿Qué veía? Podía ver lo que pasaba por encima: luces y sombras barriendo su rostro. Podía mirar abajo: el pavimento en el que era arrastrado. También podía ver a su captor: el sujeto de gabardina y gafas oscuras, mirando al frente, despreocupado de lo que pudiera estar planeando el alquimista. Siendo consciente de sus opciones, Heihachi prefirió ocupar su atención en pensamientos.

¿Quién podría ser el-que-quiere-verlo? Heihachi no era muy amigable pero tampoco traía una fila de enemigos siguiéndole la pista. Pensó en unas cuantas opciones; ninguna de ellas llenaba el perfil de alguien con el capital para contratar a un secuestrador profesional. Se encaminó, pues, a pensar que el autor intelectual era alguien a quien no conocía, pero que, por otro lado, él sí lo conocía a él.

Llegaron a una casa inhabitada, llena de oscuridad. Pasaron por varias puertas, o al menos eso intuyó el alquimista por los sonidos que escuchaba. De repente divisó un hilo delgado de luz que escurría desde la puerta consecutiva. Al entrar, y sin ninguna delicadeza, el captor lanzó a Heihachi al suelo, apuntando a un punto medio entre él y su cliente. — Allí tiene su pedido. —Mencionó el secuestrador con voz de ultratumba, helándole la piel al mago por unos segundos. Heihachi mantuvo la mirada baja, evitando ver al «cliente».

— Puedes retirarte. —Contestó la mujer, más como orden que como una invitación. Sin siquiera pensarlo nada, Heihachi dio cuenta de quién era. Su madre.

No hubo necesidad de utilizar palabras, las miradas de ambos hablaron por sí mismas. Por un lado, Heihachi hacía explotar los ojos en furia; por el otro, Eleonor, su madre, hacía rasgar sus parpados con una elevación diminuta en la parte izquierda de sus labios.

Eleonor era una mujer bien conservada. No escatimaba en gastos cuando se trataba de sus métodos rejuvenecedores. Tenía una caballera rubia, basta y larga. Siempre tenía la costumbre de crearse peinados extravagantes, hechos con fijador, sujetadores de pelo y, en ocasiones, artículos mágicos. Su rostro, además de ser blanco, siempre estaba sobrepuesto por una capa de maquillaje que lo volvía aún más pálido. Vestía usualmente trajes color rosa, aunque en ocasiones usaba rojos. En uno de sus estudios, cuando niño, Heihachi calendarizó los colores de los vestidos que usaba su madre y dio cuenta que cuando usaba el rojo era cuando más «cara-dura» andaba.

— Madre. —Abrió el mago con los dientes apretados, disparando sus pupilas hacia las de ella. — Ya sabes lo que quiero —habló la mujer, acercándose a pasos fuertes. Los tacones en sus pies parecían martillar el suelo—. Deja esa estúpidez de la magia, tus aberrantes amistades y esa conducta inaceptable. —Enlistó con voz lenta. Su intención parecía ser la de meter aquellas palabras en la mente de su hijo con la mayor fuerza posible. — Mejor cambia tú de hijo. —Alegó el otro con una ceja alzada, retándola. — Sabes que lo haría si pudiera. —Aunque suene atroz, no era lo peor que le había dicho a su hijo. — Pues yo no haré lo que me pides —ladró Heihachi—, ni aunque pudiera.

A partir de ese punto, la disputa siguió con las miradas. Ninguno cedió ante el otro, ambos tenían mucho que defender. Heihachi luchaba por sus sueños, lo que había conseguido hasta el momento y lo que esperaba alcanzar; tenía que proteger todo lo que él era. Eleonor, por su parte, llevaba en la cabeza todas las burlas de las que era víctima por parte de sus "amistades"; defendía la «dignidad de toda una legión: el apeído Okimura».

Muchas veces habían peleado, pero nunca como aquella vez. Sin roles como familia, encubrimientos de respeto o ataduras sentimentales; estaban desnudando el odio mutuo.

Ambos sabían cómo acabaría aquello. Eleonor dio media vuelta y le siguieron dos guardaespaldas fuertes y bien armados. Heihachi permaneció quieto hasta que la vio irse. — Anda. —mencionó el captor -que había desobedecido la orden de irse para ser testigo del encuentro-, liberando a Heihachi de la red.

Era clara la diferencia de poder que había entre el alquimista y su secuestrador, pero mientras se retiraba, este último lo vio irse... admirándolo.
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