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Trama Principal: Historia Inicial del Foro

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Trama Principal: Historia Inicial del Foro

Mensaje por Ethereal Master el Miér Abr 16, 2014 8:42 am





Historia Inicial del Foro



Año: X510


Los niños corrían por la plaza de la hermosa ciudad de Simethis. – Ataque de las mil agujas de acero -   gritó un niño moviendo sus manos en dirección a otro, pero nada de eso sucedió. El otro niño, fingió un gemido de dolor y se tiró al suelo haciéndose el muerto, mientras el primer niño, riendo, se lanzó sobre el que estaba en el suelo. – Qué magos tan poderosos, si siguen así, tal vez sellen sus poderes. Jajaja – murmuró un anciano que se encontraba sentado en un banco, lo cual llamó la atención de los niños. - ¿Cómo a los Dragon Slayer? – murmuró el niño quien ahora había cambiado su felicidad por asombro, y lentamente se quitaba se encima de su amigo. – Así es, Ryukko. Como a los Dragon Slayer. – murmuró y enseguida comenzó a toser. - ¿Sabes la leyenda del primer Dragon Slayer? – murmuró el segundo niño mientras se acercaba a donde estaba el anciano y se sentaba frente a él. - ¿Qué si la se?...yo conocí al primer Dragon Slayer cuando tan solo tenía cinco años…La historia fue así… -

Los llantos desconsolados de una madre fueron oídos desde la calle de algún pequeño pueblo, al entrar a su casa luego de una jornada de trabajo y descubrir a su pequeño hijo de cinco años de pie, en la sala de estar de su propia casa; la misma se encontraba totalmente cubierta de agua. Soltó las bolsas que traía de compras, víctima del mal presagio que no demoró en hacerse real. Los ojos de aquel niño adoptaron un iris en forma de línea y se pasearon por el contorno de su madre con sorpresa. - ¡Mamá! – gritó impresionado el niño que en ese instante bramó con ira y el agua del ambiente comenzó a arremolinarse con violencia en decenas de pequeños torbellinos de agua, que acabaron por convergir en su boca, dejando completamente seca la habitación.
- ¡Te extrañé! – gritó el pelinegro lleno de júbilo a medida que sus ojos volvían a la normalidad y corría hasta su madre, a quien abrazó con fuerza, sintiéndose el chico más protegido del mundo al encontrar refugio en el abdomen de su madre. Una lágrima lamió el rostro de ella, quien se sintió incapaz de rodear con sus brazos a la aberración que tenía como hijo. Mientras, su preocupación se desviaba al semblante lleno de miedo de su otro pequeño, de siete años, que se encontraba escondido tras el marco de una puerta y recorría con la mirada a su hermano, como si de un desconocido se tratase.

No era raro que en una familia naciera un mago, eran jóvenes prometedores con la capacidad de utilizar poder mágico y canalizarlo por distintos medios. Muchos de estos magos terminaban adaptándose a la sociedad. Era sabido que muchos chefs gozaban de magia que les permitía controlar el fuego, de forma que podían controlar la cocción de sus comidas a la perfección, mientras otros tenían habilidades más extrañas y rebuscadas, que les permitían incluso predecir el futuro. Existían algunos magos cuyo apetito por aventuras se volvía insaciable y partían por el mundo, en busca de trabajos acordes a sus habilidades, tales como detener bandidos o rescatar damiselas en apuros.
Sin embargo, nunca en la historia conocida por los pobladores de esa villa, se había conocido un mago con los poderes de Mizuki, los cuales incluso parecían estar fuera de control para aquel niño que podía manejar y devorar agua.

- ¿Estás segura de esto, Kyofu? Es decir, es solo un niño. – preguntó el anciano que no podía quitar sus ojos del niño de cinco años, quien yacía dormido envuelto por unas mantas. – No he venido aquí para que me cuestiones, anciano. Solo cumple con tu deber. No quiero a este monstruo cerca de mi familia. – respondió bajo la mirada avergonzada de una luna llena, mientras tendía el futuro de su segundo hijo a los brazos de aquel desconocido, quien negando con la cabeza, tomó al niño en brazos y tras un susurro emprendió camino en su carromato por un camino de piedra. - ¿Qué pasará con mi hermanito? – preguntó en su inocencia el niño que había tenido que presenciar aquella escena. – Estará en un lugar mejor. – afirmó la mujer, quien sin esbozar dolor alguno, se dio media vuelta y volvió a su hogar.

- ¡MADRE! – tal fue la potencia del grito, que las aves de los árboles cercanos emprendieron vuelo sin quedarse a contemplar quien había sido el autor de dicho alarido. - ¡PADRE! – volvió a gritar mientras corría por aquel bosque. No recordaba absolutamente nada. Se había acostado a dormir en su cálida cama, como todas las noches anteriores, pero había despertado solo en un bosque. - ¡HERMANO! – volvió a intentarlo, cada vez con su garganta más desgarrada, mientras giraba sobre su propio eje. No veía nada más que bosque, no importaba cual fuese la dirección hacia la que estuviese mirando. – Alguien… - susurró ahora completamente  destrozado; Lo habían abandonado.
Vagó por el bosque durante dos días y una noche, sin ninguna dirección aparente, esperando en su inocencia que la muerte lo encontrase y lo tomase por sorpresa. El hambre y la deshidratación ya habían hecho presa del niño que, en soledad, no sabía sobrevivir. Fue al final del segundo día que encontró un enorme lago en lo profundo de aquel bosque, pero no lo recibió con una sonrisa.

Dejó que sus pies se hundiesen en la clara agua de aquel lago, y contempló la infinita extensión de agua, sintiendo una sensación reconfortante en el interior de su pecho. Cerró ambos puños con fuerza y abrió su boca todo lo que pudo, comenzando a inhalar aire por su boca y de forma casi instantánea el agua frente a él formó un enorme torbellino que terminó en su boca, y de esta forma, comenzó a devorar una increíble cantidad de agua en cuestión de segundos.  Con cada bocanada de agua, su hambre desaparecía, sus energías volvían a él y comenzaba a sentirse cada vez más y más fuerte.
– Un Dragon Slayer… - se hizo audible una voz gutural, acompañada por el brote de miles de burbujas gigantes en el centro del lago. El niño perdió la concentración y el agua dejó de fluir dentro de él. - ¡¿Quién eres?! – gritó en niño en su desesperación, observando en todas direcciones. – Esa es la pregunta que te has hecho durante estos dos días, y yo la acabo de responder. Eres un Dragon Slayer…el primer Dragon Slayer desde el amanecer de la humanidad. – respondió aquella voz gutural nuevamente secundada por miles de burbujas.

— ¿Qué es un Dragon Slayer?
— Un Dragon Slayer, es poder. Es un mago capaz de devorar algún elemento, ya sea agua, fuego, tierra, aire, metal…lo que sea. Eres la cúspide de la magia, tal es tu poder que eres incluso capaz de matar dragones.
— ¿Cómo sabes todo esto?-

El agua del lago comenzó a agitarse y pronto la misma se abrió durante unos instantes, para dar paso a una gigantesca serpiente de agua. Era de color azul oscuro y tenía dos enormes bigotes que salían desde los costados de su hocico y alcanzaban casi cuatro metros de largo. Poseía dos enormes astas en su frente y entre las mismas, se podía observar un extraño sello azul con un Kanji que significaba “agua”. Dos orbes celestes casi transparentes adornaban el rostro del gigante de agua, cuya composición era difícil de comprender. Era imposible saber si aquella criatura estaba constituida por carne o si realmente solo estaba compuesta por agua.

– Lo sé, porque yo te he creado, Mizuki. Tú tienes el poder de derrotarme y acabar con mi existencia, o puedes elegir someterte a mi doctrina, y alcanzar un poder más allá de lo comprendido por tu patética raza. Juntos, somos capaces de superar todo límite conocido de poder.  ¿Estás dispuesto a recibirme con los brazos abiertos? ¿Estás dispuesto a que te de la familia y el hogar que mereces? – bramó aquella criatura a medida que el cielo sobre ellos comenzaba a ennegrecer.
El niño bajó su cabeza y cerró sus puños con fuerza. No demoró en clavar sus rodillas en el suelo y susurrar – Enséñame. – el dragón de agua esbozó una sonrisa, mientras movía su cuerpo con ofídicos movimientos en el aire. – Mi nombre es Suiro, y soy el dragón de agua.

Pasaron catorce años, y aquel pequeño pueblo que había dado a luz a Mizuki ya se asemejaba más a una ciudad que a una aldea. Al ser fuente de mercadeo, se había alimentado mucho de la paz que adornaba el mundo en aquel momento. Sin embargo, un aire fúnebre devoraba la ciudad. La sonrisa había desaparecido del rostro de sus habitantes, quienes bajo una densa lluvia continuaban con sus labores diarios.
Desde el camino que una vez había visto partir a un niño de cinco años, ahora se podía presenciar la figura de un hombre de diecinueve años que caminaba a paso lento en dirección a aquella ciudad. No llevaba ningún tipo de cubierta en su pecho o abdomen, y eran unos pantalones rotos lo único que cubría el cuerpo del joven. Una larga cabellera negra, húmeda, pegada a su espalda, ocultaba unos profundos ojos celestes como el hielo cuyo iris se asemejaba todo el tiempo al de una serpiente. – Lo siento, pero no podemos dejar que pase por aquí sin una identificación. ¿De dónde viene usted? – inquirió un guardia en la entrada del pueblo, posicionando su diestra sobre la empuñadura de su espada, pero sin perder un tono amable en sus palabras.
– Para algunas personas, vengo desde mi propia tumba. – murmuró mientras cerraba su puño de forma brusca y toda el agua de lluvia que había alrededor de su mano se condensaba en una esfera de agua que envolvió su puño. Golpeó con la velocidad de un rayo, el abdomen de aquel guardia que en ese momento, vio su cuerpo entero envuelto en una gigante esfera de agua que en cuestión de un parpadeo se contrajo hasta el tamaño de una gota de lluvia que se precipitó al suelo, desvaneciendo la existencia de aquel hombre.

No fue capaz de esbozar siquiera una sonrisa, aún no había sido suficiente. Cerró sus puños con fuerza y cruzó sus brazos frente a su pecho, acompañando aquel movimiento con una leve flexión de piernas. Su cuerpo entero se vio envuelto en una esfera de agua y pronto la misma se deshizo cuando la sombra de aquel joven se sostuvo en el aire. Dos alas adornaban la espalda del joven y una prominente cola funcionaba como extensión de su columna vertebral. Su piel ahora estaba adornada con escamas y sus uñas ahora eran garras. – Debo terminar con esto... – susurró y con la velocidad de un rayo surcó el cielo de aquel pueblo, hasta aterrizar donde antes era su casa. Rompió el techo de la misma y el suelo se quebró bajo sus pies.

- ¡MIZUKI! – fue lo único que tuvo tiempo de pronunciar aquella mujer ahora un tanto mayor, antes de que el Dragon Slayer se abalanzara sobre ella y sobre el que era su padre. Los sostuvo a ambos por el cuello e instantáneamente dos esferas de agua rodearon la totalidad del cuerpo de la mujer y el hombre, quienes comenzaron a forcejear por sus vidas bajo la mirada perpleja de su hermano de ahora veintiún años. – Veo que no han olvidado mi nombre, por más que sentenciaron mi muerte. He vuelto a devolverles el favor. – bramó con ira, clavando la mirada en sus padres quienes lentamente fueron soltando sus últimos alientos mientras el agua invadía sus pulmones. - ¡DETENTE! – gritó su hermano entre lágrimas, corriendo en dirección a Mizuki, pero fue golpeado bruscamente por la cola de aquel joven y lanzado contra la pared de la casa, quebrando varias tablas por la violencia del golpe.

Ahora los pulmones de sus padres terminaron de ahogarse en agua, y el cuerpo inerte de aquellos volvió a caer en la húmeda sala de estar donde todo había comenzado. Giró su cuerpo en dirección a su hermano mayor, y clavó su mirada en él. – Corre, hermano. – gruñó antes de flexionar sus piernas y tras un fuerte aletazo, perderse en la oscuridad del cielo. – Esta ciudad fue testigo de mi muerte, y es el único lazo afectivo que me queda con el mundo de los humanos. Suiro, termina con este trabajo. – murmuró el joven desde la altura.
Las nubes negras se abrieron para dejar paso al gigantesco reptil azul, quién, tras un bramido de odio, se abalanzó sobre la ciudad. Su boca se abrió de par en par y un violento chorro de agua fue expulsado desde la misma, acabando con siete casas.  Llegó hasta la ciudad y comenzó a moverse de forma ofídica por toda la ciudad, destruyendo todo a su paso.

Y bajo la custodia de Mizuki, aquella ciudad se hundió bajo el agua, dejando un solo superviviente, Kurogane, el hermano de Mizuki. En su afán por poder buscar a Mizuki y hacerlo entrar en razón, Kurogane, quien era un increíble alquimista de agua, se transformó en uno de los magos más fuertes de la historia y fundó el consejo mágico. El impuso la regla del sellado de los Dragon Slayer, aunque nunca predicó el odio hacia los mismos.

Esta, posteriormente fue conocida como la leyenda del primer Dragon Slayer.

– ¿A caso no es Hakkō'sei parte del consejo? – preguntó el niño con un destello de emoción en sus ojos. – Hakkō'sei Raijin es parte del consejo, ya que fue la primera persona en fundar algo que él llama “gremio de magos”. Allí, los magos del mundo pueden solicitar unirse al gremio, donde recibirán trabajaos y encontrarán compañeros.  Pero quien sabe, cualquier mago poderoso puede fundar un gremio de magos y hacerle la competencia. Jajaja – tosió una vez que terminó de explicarle a los niños sobre aquella persona que ya era casi una figura pública. – Cuando sea grande, me uniré a Serenity, ya que además de ser el primer gremio de mago del mundo, es de nuestra ciudad. – exclamó poniéndose de pie y cerrando su puño con emoción.
- ¿A sí? Pues yo fundaré mi propio gremio de magos en otra ciudad, y será todavía más fuerte que Serenity. – exclamó ahora el otro niño, poniéndose también de pie y riendo.

– Pero, a  todo esto, ¿Hay más Drgaon Slayers en el mundo? ¿Qué pasa con ellos? – preguntó el otro niño, forzando al anciano a rebuscar las palabras en su mente mientras se acicalaba la barba. – Hoy por hoy, los Dragon Slayer no están bien vistos. Mucha gente los discrimina e incluso lucha por la pena de muerte para cualquiera que nazca con dicho poder. Es por eso, que el consejo lleva un registro secreto sobre los Dragon Slayer que nacen en el mundo, y cuando estos aparecen, el mismo Kurogane sella sus poderes. Esto los haces más débiles que los otros magos, para que no puedan salirse de control.  Pero aún así, me temo que no es mucho lo que se sabe de ellos. – murmuró el anciano, que enseguida sonrió y les hizo señas a los niños para que se retiraran. – Han sido suficientes historias por hoy. Es hora de que se vayan cada uno a sus hogares. Mañana puedo seguir contándoles otras historias. – los niños acataron las órdenes del anciano y se fueron corriendo, dejándolo solo, arrastrando la culpa del destino de Mizuki y de su propia ciudad natal.


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