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El Gran Torneo de Crocus [Flashback de Entrenamiento, Mayo del Año x505]

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El Gran Torneo de Crocus [Flashback de Entrenamiento, Mayo del Año x505]

Mensaje por Kyrios Spatha el Dom Jun 01, 2014 12:31 pm

Prólogo: Reencuentro



El Gran Torneo de Crocus…

Desde que era pequeño, Kyrios había escuchado hablar acerca de aquel encuentro marcial, uno de los más grandes en que cualquier guerrero podría participar. Provinientes de todo el mundo, magos y guerreros de todas las castas y creencias se enfrentaban en cada convocatoria, deseosos de probar, un año tras otro, cuál era el guerrero más grande de todos  ante la gran audiencia.  Las razones que llevaban a la gente a participar en aquel duelo eran variadas: Algunos, la mayoría, lo hacían por los grandes premios que los señores de Crocus reservaban a aquellos que llegaban a las fases finales del encuentro, otros lo hacían por el dinero, sirviendo como representantes de las castas nobles que buscaban ganar prestigio para su casa mediante la victoria militar en la Arena… Y luego estaba la gente como él, aquellos cuya única razón para participar en el gran torneo era la de probarse a sí mismos, alcanzar la fama y gloria que sólo podía pertenecer a los vencedores de aquel gran encuentro.

Desde niño, los muchachos de su aldea siempre habían deseado participar algún día en el gran torneo, de hecho, la gran mayoría de ellos ponían la participación y victoria en tal torneo como la otra gran meta a superar. Siendo una villa de guerreros, era prácticamente una tradición para los muchachos, también los adultos, el aspirar a convertirse en contendientes en el Gran Torneo de Crocus, pero para ser una tradición tan extendida resultaba bastante extraño que la mayoría no llegasen a acometer tamaña empresa, algunos porque, demasiado ocupados con sus labores de mercenarios, eran incapaces de desviar su atención para acudir a la cita, otros porque su talento como guerreros era demasiado apreciado entre sus propios compatriotas como para siquiera pensar en abandonar la aldea. Este era el caso de su padre, quien se vio forzado a abandonar sus sueños de participar y vencer en el torneo de Crocus cuando fue designado como el líder de los guerreros de su aldea y cuyo sueño se vio truncado incluso en mayor medida cuando su hijo, él, nació, imposibilitando ya por completo que pudiese dejar la aldea salvo para un conflicto de alto nivel.

Quizá esa había sido una de las razones por las que, cuando era pequeño, su padre le había odiado tanto: No sólo era débil, indigno de su semilla, sino que además había truncado por completo cualquier esperanza que pudiese haber tenido de alcanzar la gloria reservada únicamente para aquellos que conseguían superar los desafíos que el torneo planteaba para ellos. Pero eso eran tiempos pasados y ahora ya nada quedaba en él de aquel muchacho debilucho y enfermizo, se había convertido en un guerrero de los más grandes de su generación, más grande incluso que su padre… O, al menos, con el potencial para llegar algún día a serlo, no en vano, había sido escogido por sus Dioses para ser su Campeón, algo que no ocurría desde hacía siglos. Pero, incluso así, seguía siendo un muchacho de tan sólo 16 años, sin más experiencia en combate que aquella que su padre y la vida en la aldea le habían conseguido inculcar… Cierto era que había participado en varios trabajo de índole marcial a lo largo del mundo después de abandonar su aldea, pero a Kyrios le molestaba el hecho de que, pese a ello, todavía no había encontrado un desafío a su altura, que realmente le hiciese ponerse a prueba.

Probablemente por eso la oportunidad de acudir al Gran Torneo se le antojaba tan  irresistible. Si conseguía superar a la mayor parte de sus rivales en dicho encuentro no sólo elevaría el nombre de su familia hasta cotas que su padre jamás había podido alcanzar por su culpa, también le permitiría probarse a sí mismo contra oponentes lo bastante grandes para suponerle un cierto desafío.  Era algo que valía la pena con sólo escucharlo, así que no había muchas razones para no tomar la oportunidad que se le daba, más bien todo lo contrario.

El viaje fue bastante largo, más de lo que esperaba, pero cuando finalmente puso sus pies en la arena pudo sentir años de historia de repente pesar sobre él como no lo habían hecho nunca: Esa era la arena que había coronado durante siglos a guerreros como los más grandes de su generación, la misma arena en la que un hombre podía emerger convertido en una leyenda viviente si era capaz de superarse a sí mismo y a aquellos a los que se enfrentara pero, al mismo tiempo, también era el lugar donde muchos grandes guerreros lo habían perdido todo, habiéndose enfrentado a mucho más de lo que podían superar…  Durante un instante, Kyrios sintió por primera vez la magnitud de lo que estaba a punto de hacer pero, lejos de ver en ello algo para sentir temor, o dudas, sólo pudo sentir anticipación, una extraña excitación que le hacía preso desde el mismísimo centro de su alma.  Incluso una derrota en aquella noble arena, pensó, valdría más que mil victorias más allá de aquellos muros, así que nada tenía que temer… Nada, más que el deshonrarla con una participación patética pero, sabía, eso no era siquiera una posibilidad.

No tuvo demasiado tiempo, sin embargo, de sentir la arena bajo sus pies cuando notó algo a su espalda: Apenas sí tuvo tiempo de interponer el escudo y el sonido metálico, así como el saltar de chispas, indicaron que alguien había tratado de atacarle por sorpresa, sin embargo, cuando se giró para ver a su agresor se dio cuenta de que, lejos de haber intención de causarle verdadero daño, el tipo parecía mostrar una expresión sonriente en su rostro. Kyrios no sabía a causa de qué se podía deber tal cosa hasta que, finalmente, las facciones del tipo revelaron un rostro bastante conocido: El hombre que había lanzado aquel ataque tenía largos cabellos negros, era alto, aunque no tanto como él mismo y corpulento, con un físico sin duda trabajado con años del más duro entrenamiento. Testamento de su fuerza era el mandoble de color negro que blandía con ambas manos, justamente el arma que se había estrellado contra su escudo… Nada más verlo, Kyrios no pudo evitar sonreír ligeramente, sus ojos convirtiéndose durante un momento en la expresión del más profundo orgullo.


- Argos…  ¿Qué demonios haces tú aquí? ¡Pensé que te habías convertido en el perrito faldero de una noble!


Lejos de responder, Kyrios simplemente sonrió del mismo modo, rompiendo el bloqueo y retrocediendo hacia atrás, poniéndose en guardia. Esto dio la oportunidad a Kyrios de recuperar la posición, anteponiendo el escudo y desenvainando la espada con la mano derecha, observando al tipo que había ante él… Las memorias no tardaron en volverse vívidas. Argos había sido buen amigo suyo, allá en la aldea, casi un  hermano, una de las pocas personas que no le había considerado una causa perdida… Había perdido la cuenta de las veces, sin embargo, que su talento le había destrozado, aunque todas aquellas lecciones habían sido tomadas y le habían convertido en el hombre que ahora era. Por su parte, Argos siempre lo había tratado con respeto, jamás conteniéndose en sus  entrenamientos, pero, por desgracia, ambos habían tenido que separarse mucho antes de que él hubiese podido ver el hombre en que se había convertido.  Los ancianos de la Aldea decían que sus servicios habían sido contratados por una noble después de que Argos se luciese protegiendo el carruaje en el que iba durante un viaje de los bosques hasta Simethis, lo que le había obligado a abandonar la aldea, pero Kyrios siempre había pensado que había algo más. Argos disfrutaba demasiado con el combate para pasar el resto de sus días como un simple guardaespaldas…

Estaba esperando una respuesta por su parte pero, lejos de recibirla, un segundo ataque se produjo, otro que de nuevo fue detenido por el  escudo. Esta vez sin embargo no era un golpe de advertencia, algo que agradecía: Ahora ambos eran conscientes de la presencia del otro, de modo que seguir conteniéndose habría sido un insulto a todas luces.  Ambos estuvieron intercambiando golpes y, durante este encuentro, Kyrios pudo darse cuenta de que, pese a su espectacular crecimiento, Argos seguía superándole en ciertos aspectos: Pese al tamaño de su arma, sus golpes eran veloces y certeros, siendo capaces en ocasiones de impulsarlo hacia atrás incluso con su escudo para protegerle, sin embargo, esto distaba mucho de ser otro de esos encuentros que Argos ganaba con las manos atadas a la espalda cuando eran críos. Kyrios también había crecido y lo demostró en más de una ocasión: Su espada golpeó la hoja de la de su rival una y otra vez, ahora era él quien retrocedía.  Sin embargo, lo que para cualquier espectador ajeno a ello parecería un encuentro descarnado y salvaje, para ellos no era otra cosa que un entrenamiento amistoso, de estar combatiendo en serio, ambos lo sabrían y, de momento, no era el tiempo de tales esfuerzos.  Aquella era una simple forma de conocerse de nuevo tras años de estar separados, un reencuentro de dos hermanos de armas y  sangre tiempo atrás separados.

El tiempo, como siempre, pasó tan rápido que para cuando se sintió ligeramente cansados Kyrios ya había perdido la cuenta de los minutos, quizá horas, que habían estado enzarzados. O quizá hubiesen sido segundos, con Argos siempre resultaba difícil de decir.  Y aunque él estaba cansado, también pudo ver en su compañero la misma expresión, reforzada incluso más si cabía por el hecho de que su espada arrastraba por el suelo, con su enorme filo negro dibujando surcos en la arena a cada paso.  Como era de esperar, aunque moviese ese arma tal como si fuese una extensión de su propio cuerpo, era difícil no tener en cuenta su peso tras un combate prolongado. En ese momento Kyrios se dio cuenta de que Argos posiblemente tuviese en aquello su mayor desventaja, pues aunque su arma le ofrecía un alcance y potencia considerables, también disminuía rápidamente su resistencia. Esto no había sido un factor jamás en sus anteriores encuentros, dado que tendían a acabar tras apenas un par de envites, pero ahora que Kyrios era capaz de evitar los ataques y responder a ellos, la cosa cambiaba mucho.  Era un rival formidable, de todos modos, y Kyrios sabía perfectamente que no lo había estado dando todo. Tampoco él, pero esa no era la cuestión en esos instantes, precisamente. No, era otra cosa.


- Sigo esperando una respuesta, Argos…  ¿Dónde está tu dueña? ¿Te la has dejado empolvándose la nariz? ¿O te has escapado para volver a sentir lo que es una pelea de verdad?


- Je…  Mira quién habla, el que hace poco aceptó un trabajo como guardaespaldas de la señorita Strauss.  ¿Qué tal ha ido con ella? ¿Te ha pegado y por eso estás aquí ahora? Siempre fuiste una niñita debilucha, Alex…  Aunque debo reconocer que tus dientes se han afilado. Un poco, aunque sea.



Je, desde luego, era Argos.  Esa clase de charla basura era tan propia de él que, incluso si hubiese podido pensar antes que era otra persona haciéndose pasar por él, ahora le quedaba bien claro que este no era el caso. Era bueno volver a encontrarse con un amigo que creía perdido, eso debía admitirlo, aunque seguía sin saber qué estaba haciendo allí, de momento al menos…   Pero tampoco  era importante. Lo más probable era que hubiese conseguido escaparse para participar en el torneo, o quizá estuviese participando en representación de su “nueva ama”. En cualquier caso no importaba. Si él estaba allí eso sólo podía significar que el torneo era incluso más importante que antes: Ahora, Kyrios tenía una oportunidad  de demostrar a Argos que era mucho más grande de lo que jamás había sido antes.  Sin embargo, el torneo ni siquiera había comenzado todavía.


Ambos se prepararon una vez más. Anduvieron el uno hacia el otro y, sólo cuando estuvieron lo bastante cerca, avanzaron… Pero no fueron sus armas las que entrechocaron, sino sus cuerpos y antebrazos. Unidos en un abrazo de hombres, los dos viejos amigos abandonaron la arena, charlando del tiempo que había pasado desde que se habían visto por última vez, caminando en dirección a la cantina que había sido preparada para los participantes del torneo, donde podrían comer entre encuentros. Allí disfrutarían de la comida y bebida preparada por los señores de Crocus y, también, de la amabilidad de las dulces señoritas, aunque a Kyrios le sorprendió observar la sobriedad de Argos para estas lides cuando antes había sido uno de los más impresionantes mujeriegos que jamás había conocido… Sin embargo, no era algo a lo que hubiese de darse demasiada importancia, después de todo, pronto empezarían los combates y tenían mucho de lo que hablar antes de ellos.  Qué habían hecho todos aquellos años, los duelos a los que se habían enfrentado, el cómo había cambiado sus vidas el tiempo… Demasiados temas para tratar en un tiempo demasiado corto pero, por fortuna, ese día nada había para impedirles tener su reencuentro. No, en absoluto…

Ese día  sería aprovechado para recuperar el tiempo perdido. A la mañana siguiente comenzarían las clasificatorias.  Era allí donde se decidiría cuál de los dos era el mejor. Un duelo que llevaba años preparándose… Y que, Kyrios sabía, sólo uno de los dos podría conquistar.


Spoiler:


205 líneas, más o menos.  

Este post tendrá varios episodios. Los ire posteando a medida que los vaya escribiendo, siendo todos de entrenamiento
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Re: El Gran Torneo de Crocus [Flashback de Entrenamiento, Mayo del Año x505]

Mensaje por Kyrios Spatha el Dom Jun 01, 2014 5:20 pm

El segundo día había empezado de una forma bastante tranquila para lo que esperaba.

Kyrios no podía evitar estar nervioso ante el encuentro que tendría lugar durante aquella jornada pero, dejando al margen ese detalle, lo cierto es que se encontraba bastante bien:  Había pasado la noche en compañía de dos hermosas señoritas y, además de eso, la cena había sido copiosa, abundante a la par que de calidad. No es que supiese mucho de Crocus, pero si una cosa podía decir al respecto es que sus señores sabían cómo agasajar a los huéspedes, especialmente, a juzgar por lo que había visto, a aquellos que iban a tomar parte en la competición.  Los primeros platos habían sido bastante frugales:  Fruta, verduras, incluso ensaladas, pero los segundos habían sido extraordinarios platos de alta cocina aunque él, un hombre de gustos sencillos y hambre salvaje, había optado por los menos refinados pero sin duda más satisfactorios ejemplares de carnes y caza, en particular, había disfrutado como un enano al comerse el asado de bestia, una especialidad del chef, a juzgar por lo jugosa que había quedado la carne y lo difícil que había sido encontrar los tan comunes tendones imposibles de masticar.

Había rematado la cena con un postre consistente en unas manzanas asadas en su propio jugo, todo ello regado con una variedad de vinos blancos y bebidas espirituosas que resultaría difícil encontrar en cualquier otro lugar, desde luego, una comida tan generosa que casi se le hizo escaso el ejercicio que hizo previo a acostarse con el fin de ayudar a la digestión.  Eso, descontando el que realizó después, ya en la cama, en compañía de aquellas señoritas y que, daba gracias, había contribuido a que durmiese como un bebé por primera vez en bastante tiempo.  

La mañana, pues, albergaba grandes promesas y lo primero que hizo Kyrios fue dirigirse al área de entrenamiento, no sin antes pasar por la cantina para servirse un desayuno, aunque mucho más frugal que la cena, desde luego… Aunque le hubiese gustado comer algo más, temía que todavía quedaban restos de la cena de la noche anterior en su estómago, así que bastaron un par de tostadas con jamón y un par de pedazos de carne, junto a unos huevos, para llenarlo por completo.  Aunque describirlo como “frugal” quizá fuera únicamente desde su perspectiva, pues para cualquier otra persona normal aquel desayuno habría sido bastante excesivo, sin embargo, necesario para lo que estaba a punto de acometer: Los primeros combates, había escuchado, tendrían lugar aquel día y Kyrios deseaba estar preparado para cuando finalmente le llegase el turno de lucir en la arena, de modo que tan pronto sus pies lo llevaron al área de entrenamiento  trató de buscar un rival digno de enfrentarse a él en un combate de práctica aunque, al no encontrarlo, tuvo que conformarse con seguir una rutina preparada de entrenamiento, utilizando para ellos los monigotes dispersos por el área de prácticas: Si bien difícilmente contaba como “entrenamiento” el combatir contra monigotes que ni tan siquiera podían devolver los golpes, ni mucho menos esquivarlos, eran más que adecuados para la tarea de afilar su espada y graduar la efectividad de sus golpes de escudo: No le fue muy difícil partir en dos varios de ellos con apenas un golpe y encontró, para su sorpresa y cierta alegría, que eran capaces de aguantar con cierta entereza las cargas que realizaba con su escudo, aunque eventualmente acabaron reducidos a pedazos, como la mayoría de los oponentes que acababan teniendo la desgracia de enfrentarse a él en un combate con cierta semblanza de realidad.

En cualquier caso, el tiempo que estuvo practicando fue suficiente para que el área de entrenamiento empezase a llenarse de contendientes, deseosos también de poner a prueba sus habilidades, aunque la mayoría estaban demasiado embelesados viéndolo combatir como para iniciar sus rutinas de entrenamiento. No es que pudiese culparles, sin embargo, dado que les estaba dando una demostración gratuita de lo que podía hacer y eso, llegado el momento de un combate serio, sería información inestimable que bien podía servirles para ganar cierta ventaja sobre él…

Por supuesto, esto sólo sería así si Kyrios hubiese estado dando todo lo que podía de sí mismo, algo que distaba mucho de ser cierto, pero tampoco era algo que los demás contrincantes tuviesen por qué saber y, de hecho, prefería que siguiese siendo así. Una de las cosas de las que más se enorgullecía, de hecho, era su capacidad de ganar cualquier batalla utilizando únicamente una fracción de su fuerza, aunque reconocía que esto no siempre era posible, de todos modos, en los casos en que sí lo fuera, el desatar sus fuerzas en el momento justo era vital, pues le permitiría pillar al enemigo por sorpresa, algo que no ocurriría si, desde un principio, hubiese estado luchando al cien por cien de sus fuerzas: Cuanto más tiempo diese al enemigo para juzgar sus fuerzas, después de todo, más tiempo tendría este para desarrollar defensas contra sus técnicas y formas de contrarrestar sus habilidades, algo que podía hacer que una batalla ganada sobre el papel se convirtiese en poco más que una oportunidad perdida. Él no era la clase de guerrero que corría esos riesgos.  Quizá eso no fuese del todo honorable, pero si algo le había enseñado su debilidad y entrenamiento era que, en combate, muchas veces, el único premio que se obtenía siendo excesivamente honorable era una espada clavada en el estómago y la vida escapándose por las heridas, claramente, no era algo a lo que aspirase…

Pero, por supuesto, no era algo a lo que debiese temer.  Un último golpe de escudo derribó el muñeco de entrenamiento con el que había estado practicando un instante antes y esto le permitió pausar durante un momento, para observar a los que se habían reunido allí: La mayoría de ellos parecían fuertes, pero había muchos que desde luego no serían más que críos, algunos incluso dudaba que supieran realmente lo que se estaban jugando en aquel lugar. Los más veteranos, sin embargo, no parecían estar allí por sus propias razones, y Kyrios identificó en varios de ellos tatuajes, como los usualmente encontrados en los esclavos de los grandes señores… Al ver aquello, Kyrios sólo pudo chasquear la lengua con evidente molestia, dado que detestaba la esclavitud por el mero concepto de ella, pero cuando se utilizaba para que algunas casas ganasen prestigio que bajo ningún concepto se habían ganado, como en la Arena,  aquello le resultaba incluso más repugnante. Quizá sólo fuese un chico idiota que acababa de salir de su aldea natal (desde luego, con 16 años a sus espaldas, difícilmente podía considerarse un guerrero veterano, y lo sabía mejor que nadie), pero para él aquellos esclavos eran mucho más dignos de recibir el reconocimiento y la gloria que los señores de las grandes casas a las que estaban representando, sin embargo, lo más molesto de todo el asunto que si conocía en lo más mínimo cómo funcionaban las casas nobles eso significaba que el mérito de una eventual victoria sería de estos nobles, que serían los que cobraran la recompensa y ganarían prestigio, mientras que el único culpable de la derrota sería el esclavo, lo que implicaría que probablemente sería castigado por su fracaso.

Tsk… Como si la vergüenza de ser derrotado no fuera ya suficiente.

En cualquier caso, tampoco podía hacer nada por cambiar esa realidad: Él, después de todo, sólo era un guerrero más en aquella competición y, mientras el sistema no cambiase desde las mismas raíces, esa clase de injusticias seguirían produciéndose. Por desgracia, no era algo que él pudiese evitar desde su posición, menos aún siendo poco más que un crío necio que acababa de venir al mundo, así que lo único que podía hacer era tratar de aceptarlo y sacar de lo malo lo bueno: Incluso si se trataba de esclavos que no obtendrían por su victoria la menor recompensa, al menos él, así como cualquier otro guerrero de los que se encontraban en el coliseo, no podrían evitar respetarlos si sus habilidades estaban a la altura, así que, aunque el mundo entero se negase a reconocer su valía, al menos podían contar con que sus compañeros sí lo hiciesen. Tendría que consolarse con eso.

Quizá habría seguido ponderando sobre estos detalles, si uno de aquellos hombres no se hubiese acercado a él en ese preciso instante: El hombre que había ante él era una verdadera torre, incluso más alto que él mismo, posiblemente midiese cerca de dos metros y medio, de piel oscura y cabellos dorados cortados muy cortos. Al contrario que él, no parecía llevar armadura, sino únicamente ropajes ligeros, y tampoco en exceso: Por su modo de vestir parecía más un bárbaro que un soldado, aunque había ciertos detalles en sus ropas que delataban la servidumbre a una gran casa, como los detalles en oro y joyas que ningún bárbaro podría costearse por su cuenta. Su arma también parecía de una factura demasiado buena para ser blandida por un bárbaro, pues era una larga Naginata cuya hoja era no sólo ancha y larga, sino además brillante, emitiendo pequeños destellos en la punta incluso en aquella escasa iluminación, lo que era testamento de lo imposiblemente afilada que debía estar el arma.  Al contrario de lo que solía pasar con ese tipo de armas de asta, el mástil no parecía estar hecho de ningún tipo de madera que conociera, teniendo una textura mucho más similar al acero, aunque resultaría difícil decir que era efectivamente ese material con sólo verlo. La lanza terminaba con unos remates en dorado iguales a los que el tipo lucía en el resto de la ropa. Para terminar, Kyrios pudo ver con gran claridad el tatuaje que lo identificaba como esclavo en el rostro del tipo, pintado en algún tipo de tinta blanca radiante.

Por desgracia, hasta un tipo tan grande y poderoso como aquel había sido privado de su libertad y forzado a luchar en servidumbre para una causa que ni siquiera era la suya. Qué asco…

Y, aún así, su rostro mostraba una dignidad mayor de la que había visto en muchos hombres libres. El hombre se mantuvo mirándolo con tranquilidad, sus brazos cruzados. Fue sólo cuando Kyrios se giró para mirarlo que el hombre decidió hablar, con la misma voz profunda y tranquila que el muchacho habría esperado de un general militar, fuera como fuese, esa voz era la de alguien que había luchado y sobrevivido en mil batallas, alguien que evidentemente merecía mucho mejor destino que el que tenía.


- Interesante técnica, para ser un muchacho. Dime, ¿dónde has aprendido a combatir? Ese estilo de lucha no es algo que me suene de ningún otro campo de batalla. ¿Procedes de Hosenka, quizá? He oído que sus guerreros son extraordinarios. ¿Es de allí de donde vienes?


Kyrios sólo pudo quedarse mirándolo, con una ceja alzada. Si bien había oído alguna vez de los guerreros de Hosenka, la academia en sí tenía una gran fama, desde luego no creía que tuviesen nada en común sus métodos de entrenamiento con los que había usado él, a menos, claro, que en Hosenka enseñasen a los niños pequeños a combatir por su vida  desde que podían tenerse en pie.  Aquella comparación podría haber sido incluso ofensiva para muchos de aquellos con los que se había criado, que veían los salvajes modos de entrenamiento usados en su aldea natal como su verdadera prueba de vida pero, en su caso, simplemente elicitó cierta curiosidad.  Más que nada, porque le extrañaba que un guerrero aparentemente tan curtido no reconociese la marca de su aldea en su forma de pelear… Esto podía significar que, quizá, su estilo era lo bastante distintivo como para que las trazas de su entrenamiento primario no fuesen distinguibles, o quizá inconscientemente estuviese ocultando su herencia en su forma de combatir… Muchos quizás, pero ninguna respuesta concreta. Eso era de lo peor.

Podría ser sincero con el hombre, resolver su duda… Pero, por alguna razón, Kyrios no sabía si debía.  Después de todo, dar pistas de su entrenamiento podría volverse en su contra más tarde, esa era una de las peores cosas a las que un guerrero tenía que enfrentarse… Y, con todo,  su honor como guerrero también significaba que le debía, cuando menos, esa información a alguien tan veterano como él.  Después de todo, sus muchas cicatrices probaban más allá de toda duda razonable que había vivido y casi muerto en el campo de batalla más veces de las que él siquiera podía contar…  Por eso, por respeto a sus múltiples cicatrices, cada una con una historia tras ella, Kyrios decidió honrar el código del guerrero.  Aunque eso pudiese volverse luego en su contra.


- No, mi señor.  De hecho, ese lugar que mencionas es quizá uno de los pocos donde mis viajes no me han llevado, al menos, no durante un periodo de tiempo significativo. Respecto a dónde aprendí a combatir, es difícil de decir… Nací con la guerra en la sangre y, desde que pude aprender a alimentarme por mí mismo, me fueron enseñados los rudimentos de manejar una espada.  Allá de donde vengo, un hombre sólo vale tanto como su habilidad con la espada, aunque no puedo decir que mi estilo sea el más ortodoxo…   Espero que esta respuesta os haya servido.  ¿Y a vos?


Fueron palabras tranquilas, dichas casi, casi, como un reconocimiento de hechos más que otra cosa, pero la reacción que causaron en el hombre no fue por ello menos vívida, algo que, quizá, pudiera deberse a que había usado una forma de hablar muy poco propia de él mismo, más adecuada al léxico de los grandes señores que la gente sencilla con la que se había criado. La expresión primero de sorpresa acabó sustituída por una sonrisa orgullosa poco después… Las palabras siguientes del guerrero, un “Ya veo” tranquilo, fueron bastante indicación de que, cuando menos, el tipo parecía tener cierta idea de lo que le había dicho pero, antes de poder inquirir nada más al respecto, un cuerno sonó, sorprendiendo a todos aquellos que había en el área de entrenamiento, aquel lancero incluído, que se giró, como él, en dirección al sonido.  Este comportamiento fue imitado por la gran mayoría de los allí presentes, aunque la razón de dicho sonido no fue revelada hasta unos instantes más tarde, cuando las puertas se abrieron y la luz del sol bañó el lugar.

Más allá de las puertas, una figura se hubo mostrado, un hombre engalanado con ropas demasiado elegantes para pertenecer a un guerrero, un noble, sin ninguna duda. Pero Kyrios apenas sí tuvo tiempo de in quirir nada más al respecto: La lanza de aquel hombre dibujó un semicírculo en el aire y, para cuando se dio cuenta, Kyrios apenas tuvo tiempo suficiente para agacharse y rodar por debajo del mástil para evitar un golpe que podría haberle hecho mucho daño. El monigote de entrenamiento que estaba detrás de él no tuvo tanta suerte y quedó partido en dos merced al salvaje ataque, pero Kyrios fue lo bastante afortunado para poder levantarse, con una expresión de sorpresa en el rostro… Justo a tiempo de ver cómo el hombre, ahora con rostro duro, le apuntaba con su arma, poniéndose en guardia.

Sólo entonces pudo escuchar una voz detrás de él.


- Vaya, parece que tenemos el primer desafío formal de este Gran Torneo.  Bien, que así sea… ¡Manteneos atentos, guerreros! ¡El primer combate enfrentará a Zigan Orkus, de las Llanuras del Norte, esclavo de la famosa Casa Orkus, contra Kyrios Spatha, el Joven León!  ¡El vencedor de este duelo obtendrá 5 puntos para clasificarse en las eliminatorias, mientras que el perdedor deberá someterse al juicio del Gran Maestro!


Y Kyrios sólo pudo observar, en ese momento, el rostro de esfuerzo del hombre. Mientras adoptaba una posición de guardia, todavía preguntándose qué estaba pasando, Kyrios observó que las marcas en el rostro del guerrero parecían brillar de un modo extraño, mucho más evidente ahora que hacía unos instantes, haciendo que sus ojos se abriesen en una expresión de sorpresa.   Incluso para él, que no era docto en los caminos de la magia, era bastante evidente lo que estaba pasando… Y, sin embargo, para cuando quiso darse la vuelta para impugnar aquel desafío, ya era demasiado tarde: El resto de contendientes habían sido apartados y, rodeándoles, una gran barrera de color rojizo se erigía.  No hacía falta ser un genio para saber lo que eso significaba: Una barrera para que ninguno de los dos contendientes pudiese salir. No hasta que se decidiese un vencedor.  Kyrios sólo pudo rechinar sus dientes al ver aquello.  ¿Qué clase de broma era esa?  Había esperado luchar contra alguien como él, pero no tan pronto, y no de esa forma…

Sin embargo, nada había que pudiese hacer para evitar una sentencia que ya había sido dictada. Mientras Zigan se lanzaba contra él, su lanza en ristre, Kyrios sólo pudo alzar el escudo, preparando su espada para recibir el devastador golpe.  No era tal como había esperado, no era como había deseado pero, incluso así, los engranajes habían empezado a girar…

La ronda de eliminación del Gran Torneo de Crocus había dado comienzo…

Spoiler:


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