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La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

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La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

Mensaje por Kyrios Spatha el Jue Mayo 29, 2014 11:42 am

Ah... Nada sentaba mejor que el descanso tras un duro día de trabajo. Menos aún en tan buena compañía.

No hacía demasiado que el viaje de Kyrios había dado comienzo, pero esos meses habían sido extraordinariamente productivos: Viajando por el mundo con su espada, armadura y determinación como únicas guías, el guerrero había tenido la oportunidad de participar en numerosas batallas. Había asistido en el entrenamiento de una noble de la ciudad de Clover, dándole las herramientas que necesitaba para poder defenderse por sí misma. Había asistido en la Defensa Nocturna de Oak, convirtiéndose en el héroe de la misma cuando derrotó, en combate singular, al líder monstruoso Noctus. Incluso había destacado como uno de los participantes del Gran Coliseo de Crocus...

La verdad es que jamás se le habría ocurrido pensar, hace años, que llegaría a ser capaz de completar tales hazañas, pero ahí estaba, bebiendo y bromeando con sus compañeros en la última gran batalla en que había participado. Lo cierto es que ese trabajo no había sido demasiado diferente a la mayoría de ellos: Sus recientes hazañas habían acabado llamando la atención de uno de los nobles de Hosenka que se acercó a él poco después de la finalización del torneo de Crocus, pidiéndole que ayudase en el entrenamiento de la milicia que estaba empezando a formarse en la ciudad. Sin embargo, aunque al principio Kyrios había pensado que tal petición era innecesaria (incluso por aquella época, Hosenka era ya sobradamente conocida por la calidad de sus academias de entrenamiento y la fiereza de sus guerreros), no era menos cierto que uno simplemente no rechazaba una oferta así. Desde que era niño, Kyrios siempre había deseado visitar Hosenka, para comprobar de primera mano la calidad de los guerreros allí entrenados, así que esa oportunidad se le presentó como una gema en bruto que sencillamente resultaba imposible declinar.

Sin embargo, lo que parecía que iba a ser un "viaje de placer" se vio interrumpido cuando, al poco de llegar, la ciudad sufrió el ataque de las hordas bárbaras comandadas por el Rey Salvaje Quinto, forzando al gobierno de Hosenka a preparar sus tropas para repeler el ataque. Si bien aquello no habría sido un problema en cualquier otra circunstancia, el ataque del ejército bárbaro coincidía con una de las campañas de expansión lanzadas por Hosenka para recuperar los territorios del Este, perdidos mucho tiempo atrás, durante el gobierno del Señor Mifune, obligando a Hosenka a defenderse únicamente con su ejército de voluntarios. Por suerte para ellos (y para él también), esto había sucedido justo cuando se encontraba en la ciudad, así que no necesitó demasiado tiempo para sumarse al esfuerzo defensivo. Evidentemente, la horda bárbara no esperaba encontrar resistencia (estúpido por su parte), pues, cuando Hosenka lanzó su ataque, fue capaz de repelerlos en cuestión de unas pocas horas, con muy pocas bajas en su lado. A Kyrios le hubiese gustado pensar que gran parte de esa victoria se podía atribuir a su presencia, pero eso habría sido minusvalorar de forma ridícula los esfuerzos del resto de la milicia. Él había contribuido, claro, pero su participación había sido relativamente pequeña en comparación con la del resto de los guerreros de Hosenka.

Lo que no significaba que no fuese a disfrutar, como era debido, de aquella fiesta en honor a la victoria. Hacerlo habría sido estúpido por su parte. Habían vencido con todas las de la ley, y aquellos bárbaros, por desgracia, iban a necesitar tiempo para lanzar otro ataque con sus fuerzas tan mermadas y su moral rota, así que lo único que podían hacer era gozar del merecido descanso. Él, por supuesto, lo iba a hacer.

La quinta ronda de cervezas, pagadas a cuenta del Señor de Hosenka, no tardó en llegar a las manos de los esforzados guerreros, servida por algunas de las más hermosas señoritas de Hosenka, quienes se esforzaban con denuedo porque sus salvadores no tuviesen necesidad de nada. Ese fue el momento en que Kyrios se dio cuenta de que, efectivamente, los guerreros de Hosenka quizá serían lo más famoso de la ciudad, pero nada tenían que envidiar las damas del pueblo, entregadas y hermosas a partes iguales. Había perdido la cuenta de cuántas de ellas atrajeron sus atenciones, y en más de una ocasión pensó en llevar a alguna de ellas a los pisos superiores de la posada para pasar un buen rato, pero cuando pensaba que había encontrado a la mejor de ellas, aparecía otra si cabía más bella, o más divertida, o más inteligente. Y eso, como bien sabía todo adolescente, era la cruz para alguien con las hormonas tan revolucionadas como su ser de 16 años. En algún momento pensó que sería imposible escoger, estaba a punto de decidir llevarse a un par de ellas consigo y ver qué tal se portaban en la cama, pero eso habría supuesto, también, perderse la fiesta que allí había.

¿Y qué podía decir? Había demasiado entusiasmo cerca como para no participar del mismo.

Fue entonces cuando la vio.

Durante el combate, había habido muchos héroes, pero ninguno había llamado tanto la atención de Kyrios como la dama que había cambiado el curso de la batalla aplastando, en un ataque por sorpresa, al capitán de suministros del ejército invasor. Esto había llamado la atención de Kyrios no tanto por la rapidez y eficiencia con que tal hazaña se había logrado, sino porque la persona responsable de ello debía de tener más o menos su misma edad, quizá incluso sería algo más joven que él mismo. Eso, y que había conseguido arrebatarle el objetivo que él había estado persiguiendo, lo cual era extraño. Hasta ahora, casi todas las batallas en las que había participado le habían dado la oportunidad de destrozar por su propia cuenta a uno de los héroes del bando contrario, aumentando su reputación y cimentando su fama, pero en aquella ocasión su presa había sido cobrada por otra persona ante sus sorprendidos ojos. Y, lejos de sentirse molesto por ello, Kyrios se había interesado por cómo una chica así había logrado semejante hazaña. Durante el resto del combate no le quitó el ojo de encima, compitiendo con ella por ver cuál de los dos conseguía anotarse más victorias aunque, por supuesto, eso no era algo que ella hubiese visto. Le habría gustado, pero para cuando la batalla terminó y quiso acercarse a ella esta había desaparecido.

Y era por eso que encontrarla ahí, ante él, era una oportunidad de oro para conocerla. Mira tú por donde, había encontrado a la persona con la que quería divertirse aquella noche. Probablemente no fuera a ceder fácilmente, quizá sería difícil, pero eso sólo aumentaba su interés. Una preciosidad, así como una guerrera. Reunía todas los requisitos y no pensaba dejarla escapar.

Así que se acercó a ella, saltando por encima de una de las mesas (no le había quedado otra: Estaba rodeada de gente festejando) y se situó a su lado, llevando consigo una jarra de cerveza llena hasta arriba. Para cuando llegó con ella, su sonrisa ya era más que evidente.


- Un premio para la mayor heroína de esta batalla. Corre por mi cuenta.
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Re: La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

Mensaje por Eleone Mjrn el Jue Mayo 29, 2014 12:28 pm

La batalla de los tres días. Nunca olvidaré mi primera guerra en serio en aquel mundo cuando el ejército de Hosenka, apoyado mayormente por mercenarios contratados, había vencido a las hordas bárbaras del rey Salvaje Quinto.

Y yo era una de esas mercenarias, aún era joven por aquellos tiempos, pero mi escala al poder como maga ya había nacido cuando me había hecho con Vacío, el Cetro de Zafiro. Gracias a él, la batalla se había decantado a mi favor, haciendo volar enemigos por el campo de batalla o haciéndolas explotar mis proyectiles mágicos en la cara, incluso se me acercaban más de uno se había llevado un bastonazo en sus partes nobles. No podía evitar sonreír cuando esto pasaba.

Sin embargo lo que aconteció después de la batalla, la fiesta, fue incluso mucho mejor, al menos para el resto del ejército. Yo no era muy conocida precisamente por ser divertida, me gustaba más disfrutar de una buena velada y una vista a las estrellas que la ingesta incontrolable de alcohol. Aún así no pude negarme a ir cuando el propio señor de Hosenka nos lo pidió, aunque preferí ausentarme rápido después de la batalla para lavarme un poco.

Una vez en la fiesta simplemente me alejé lo más posible de la gente, bebiendo solamente una cerveza que me dio para rato, muchos tíos, víctima del alcohol y el entusiasmo intentaron llevarse el mejor premio pero fue en vano. No obstante un último guerrero, el más joven, se atrevió a intentarlo y me halagó a su manera. Otra cerveza no me va a matar.

-Gracias -le di un sorbo. -Te he visto en el campo de batalla, eres bueno -no me importaba halagarle un poco siempre y cuando acabase siendo educado y se interesase por mí, aunque no tenía ni una oportunidad conmigo, pero no era nada personal.
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Re: La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

Mensaje por Kyrios Spatha el Jue Mayo 29, 2014 1:41 pm

Je... Desde luego, era una chica interesante. Normalmente las mujeres caían a sus pies con una sola palabra, pero aquella lo estaba tratando como a cualquier otro tipo.  Muy interesante.


- Creo que te quedas corta, princesa. No soy bueno. Soy mejor.


Dichas aquellas palabras el muchacho sorbió de su cerveza imitando lo que había hecho la chica. Su bravata hubiese llevado a muchas a caerse sobre sus posaderas, pero con aquella la cosa no era tan sencilla, aunque no dejase de ser cierta. Se había ganado el derecho a presumir, no sólo por sus batallas previas, sino por lo que había luchado por llegar hasta aquel punto: Los entrenamientos con su padre, su debilidad, incluso las batallas que había superado una vez había abandonado su pueblo. Todo aquello le había configurado en el guerrero que hoy era, así que tenía derecho a presumir de las habilidades que había conseguido con tantísimo esfuerzo.

Pero dejando eso de lado...


- De todos modos, me duele admitir que esta vez no he sido la estrella más brillante de la batalla. Me has quitado la presa, princesa, y eso no es algo que haga cualquiera. No te preocupes, no estoy enfadado por ello, todo lo contrario... Estoy sorprendido. Siento curiosidad por saber cómo demonios lo has hecho... Eres la primera que lo consigue.   Pero ya llegaremos a eso…  Primero, creo que te debo un agradecimiento. Creo que me salvaste ahí atrás. ¿Me equivoco?



Desde luego, por más que repasaba la batalla, no entendía cómo demonios lo había hecho, aún cuando los recuerdos eran vívidos... Y eso que lo intentaba. Pero quizá ella pudiese arrojar algo de luz a todo el asunto. Quizá.


Flashback:



La batalla se encontraba en su punto más álgido.  Las hordas bárbaras de Quinto habían lanzado su ataque con tanta fuerza que asemejaba un alud en la ladera de una montaña, pese a los intentos de la milicia por repelerlos:  Había sido providencial que los hubiesen atrapado con la guardia baja por medio de un ataque en pinza o de lo contrario el enorme número de bárbaros habría sido, quizá, suficiente para superarlos, sin embargo, era evidente que no habían contado con encontrar tamaña resistencia y, aunque poco a poco, estaban consiguiendo hacerlos retroceder, así que era cuestión de tiempo que la victoria llegase, a menos que llegasen refuerzos, algo muy probable considerando el tamaño de las hordas bárbaras y la devoción que sentían por Quinto, quien había conseguido lo que en muchísimo tiempo había sido imposible: Unir a las diversas tribus para convertirse en una amenaza para aquella gran potencia. Había que considerar su mérito en hacerlo, hacía falta un gran carisma y una fuerza mayor aún para lograr tamaña hazaña, pero él lo había hecho... Y eso significaba que debía ser su presa.   Desafiarlo era un reto que no se podía dejar escapar, una forma de aumentar su fama y honrar a los Dioses de la victoria pero, sobre todo, era una forma de probar sus fuerzas. Comparados con Quinto, todos sus anteriores combates, salvo quizá alguna excepción, se le antojaban hormigas.  Quizá ni siquiera mereciesen tal título, para ser completamente honesto consigo mismo.

Pero habían combatido con valor, aún con todo.

Él fue uno de los primeros, pues, en saltar a la batalla, con su escudo en ristre, su armadura cubriéndole por completo, espada en mano. El primero de los bárbaros en probar su acero no contaba con que alguien tan joven fuese capaz de tanto y, por ello, fue el primero en caer: La espada atravesó el abdomen y salió por el otro lado limpiamente pero, cuando el oponente cayó al suelo, lo hizo con vida, respirando. Era una de las muchas propiedades del regalo que los dioses le habían concedido, Nemea:  Aquella espada podría derrotar a cualquier enemigo, pero únicamente arrebataría la vida de aquellos que no mereciesen perdón y, por lo que sabía, aquellos enemigos eran peligrosos, salvajes a todas luces, pero aún así estaban luchando por algo en lo que creían firmemente, siguiendo a alguien que los había salvado del hambre y la muerte. Lo menos que podía hacer era respetar su devoción a su líder permitiéndoles escapar con sus vidas.

Aunque, por supuesto, no era algo que fuesen a saber por el momento. A todos los efectos, sus enemigos habían caído igualmente. Sería necesario que alguien se molestase en comprobar su estado para asegurar que viviesen o no, y no podían permitirse el lujo de hacerlo mientras la batalla continuase rugiendo a su alrededor.  Contaban con esa ventaja, al menos.

De todos  modos, el resto de los suyos no eran tan piadosos como él, y varios de los bárbaros cayeron en combate. Podía sentir la sangre de los enemigos salpicarle a medida que avanzaba, abriéndose camino hacia el objetivo que deseaba por encima de todo, sin embargo, para decepción suya, su espada, escudo y armadura no se veían perturbados por los ataques de los bárbaros, y sus ojos de águila no conseguían ver a aquel que se suponía que había unido a los enemigos para lanzar aquel salvaje ataque.  Puede que estuviese en otro lugar de la batalla, luchando en un frente distinto, o podía ser que hubiese sido derrotado anteriormente y ahora yaciese en el suelo de algún lugar del campo de combate, pero sólo pensar en eso llenaba el corazón de Kyrios de decepción y molestia, así que trataba de apartar tales pensamientos de su mente, no queriendo considerar siquiera el hecho de que su oponente, al que esperaba con tanto ahínco, hubiese sido derrotado antes siquiera de haber tenido la oportunidad de probar el filo de su espada, de sentir los golpes sobre su escudo, de combatir mano a mano contra él.

Así pues siguió avanzando: Su camino se vio detenido cuando se encontró a un grupo de bárbaros, armados con hachas toscas y mazas de piedra, algunas más grandes que ellos mismos. Un enorme alcance, una fuerza devastadora, pero armas incómodas y difíciles de usar al fin y al cabo. Y no habría podido adivinarlo por ver cómo las manejaban, eso quedaba claro:  Aquellos tipos llevaban la sangre en las venas casi tanto como él mismo y sus armas se movían de la misma forma que si hubiesen nacido con ellas en las manos pese a su poco refinamiento. Tuvo que convertirse en un verdadero caos de fintas, ruedos por el suelo y bloqueos con el escudo no ya para conseguir que no lo hiriesen, sino para no perder sus armas, para tratar de encontrar aunque sólo fuese un resquicio en sus defensas que pudiese aprovechar para introducir la espada o lanzar un golpe que permitiese rebajar la presión o abrir la guardia. Pero, por buenos que fuesen, era por su número por el que estaban consiguiendo darle problemas, de ser otras las circunstancias habrían caído en un instante, como todos los que se habían enfrentado a él en combate singular antes.  De modo que no perdió el resuello. Su escudo bloqueaba con certeza, también su espada. Y, pronto, el fruto de tal esfuerzo se mostró.

Las hachas y mazos de piedra pronto fueron incapaces de aguantar el ritmo y el primero de ellos acabó hecho pedazos cuando, aprovechando un bloqueo certero, Kyrios lanzó un potente golpe con toda su alma sobre la empuñadura de madera.  El arma del bárbaro se quebró como una ramita y, para cuando quiso darse cuenta de lo que acababa de ocurrir, su rostro se topó de primera mano con el escudo de Kyrios, que le hundió la nariz y cubrió el rostro de sangre, lanzándolo hacia atrás con tal fuerza que otro de sus compañeros tuvo que fintar para evitar ser derribado.  Los más cercanos a tal exhibición quedaron sorprendidos por esto, pero mostraron una vez que llevaban el combate en la sangre cuando no tardaron un instante en volver a atosigarlo con sus acometidas, aunque la pérdida de uno de sus compañeros, resultaba evidente, pesaba sobre ellos con la fuerza suficiente como para que donde antes había habido impactos certeros y brutales ahora quedase la sombra de la duda. Resultaba evidente para cualquiera que no habían contado con encontrar tamaña resistencia, mucho menos contra un único guerrero y el mazazo moral había conseguido mucho más para dejarlos vulnerables que cualquiera de sus golpes o espadazos, justo como había pensado que harían.

El segundo en caer lo hizo no tanto víctima de las acometidas de Kyrios como de sus propios errores, cuando trató de cargar todo su peso sobre el martillo de guerra para aplastar al guerrero contra el suelo, aprovechando una aparente bajada en su guardia poco después de recibir un impacto que debería haberlo desequilibrado. El impacto podía haber sido devastador, no, lo habría sido con toda certeza, si Kyrios no hubiese estado esperando tal cosa… Gracias a su buen instinto para leer el curso de la batalla, lo que habría sido un ataque decisivo se tornó contra su realizador:  Kyrios no sólo consiguió evitar la cabeza del martillo de guerra, sino que fue capaz de agarrar el brazo del arma del oponente y,  volteándolo tras agacharse rápidamente, lo derribó contra el suelo. Apenas sí tuvo tiempo de sentir el impacto de los huesos quebrándose por el impacto cuando un sonoro “CRACK” indicó el quiebro de ambos de sus brazos a merced de una buena maniobra de Kyrios, quien dobló ambos en una postura antinatural.  Así, los brazos quedaron colgando en la posición opuesta al que la articulación permitiría por sí misma y el efecto del dolor no tardó mucho en producirse cuando el oponente perdió la consciencia, aunque tampoco tuvo demasiado tiempo para observar dicho desarrollo de los acontecimientos, teniendo que rodar, aprovechando la misma maniobra, para apartarse del golpe de otra de las hachas.  En ese momento tuvo que dar las gracias por su armadura, pues había caído, sin saberlo, en una trampa.

Cuando se levantó , el mandoble de uno de los enemigos se estrelló violentamente contra sus costillas. Lo habría partido en dos, fácilmente, si hubiese estado desprotegido, o si fuera un hombre normal. El destino quiso, por fortuna, que ninguno de los dos supuestos confluyese en aquel momento, aunque el dolor fue evidente, forzando a Kyrios a contener un rechinar de dientes mientras saltaba hacia un lateral para absorber en la medida de lo posible el impacto y evitar que le dañase en demasía. Tuvo éxito, pero le había hecho daño.  Nada grave, sin embargo: Había sufrido dolores insuperables en su infancia, cuando entrenaba con su padre, y aún mayores cuando se enfrentó a la Bestia. Comparados con aquello, los golpes del bárbaro eran casi caricias.  Pero, como bien sabía todo hombre, hasta las caricias podían llegar a matar al hombre descuidado, así que no era en absoluto conveniente que se fiase.

Se habían acabado los juegos…

Nada más terminar el ruedo por el suelo, el impulso fue reorientado, y su escudo voló por el campo de batalla una cortísima distancia antes de estrellarse contra el rostro del mismo tipo que le había golpeado un instante antes, rebotando en el proceso a causa del impacto. Kyrios tuvo la fortuna de poder agacharse a tiempo de evitar un hachazo certero, dirigido a su cuello, antes de que el escudo volviese a él, pero por desgracia esa maniobra había sido improvisada en el acto, y era demasiado joven para poder ejecutarla con la certeza deseada: Un golpe de martillo de uno de los enemigos desvió el escudo, privando a Kyrios de una de sus mejores defensas, si no la mejor, y este aterrizó en el suelo, lejos de él.  Chasqueó la lengua, sintiéndose ligeramente desnudo, pero pudo reaccionar a tiempo para bloquear con su espada, lanzando una patada contra el pecho del oponente para apartarlo, lanzándose en una carrera hacia su escudo.  Mientras corría, tuvo que bloquear impactos provenientes de todas las direcciones, pero fue capaz de recuperarlo del suelo a tiempo…

No lo bastante rápido, de todos modos.

Se detuvo en seco. ¿La causa? Un nuevo ataque, esta vez por el frente, que no tendría tiempo de bloquear, lanzado con una almádena tan enorme que el sólo pensar en el golpe ya dolía. Kyrios levantó el brazo de la espada, preparado para sentir el impacto y tratar de absorberlo… Pero este jamás llegó.  En su lugar, la sangre saltó en su rostro, pero no era suya, conocía demasiado bien el sabor de la misma para poder confundirla.  No, la sangre que le saltó fue del mismo tipo que le habría causado su primera gran herida en aquella batalla de no habérselo impedido una fuerza invisible. Habría dicho que los dioses habían intercedido en su favor, pero bien sabía que eso no era cierto, dado que no estaba utilizando los poderes que estos le concedían y, por lo que sabía,  estos no acudían a menos que él los llamase. No lo había hecho. Quizá hubiese sido inteligente hacerlo, pero no lo había hecho. Era demasiado orgulloso para ello.

Ese momento de duda, que podría haberse saldado con un golpe por la espalda, tampoco llegó. Escuchó el sisear de una tormenta de flechas y, aunque instintivamente se cubrió con el escudo, no le tenían a él como objetivo. En su lugar, los pocos enemigos que aún quedaban lo bastante cerca para suponer una amenaza, cayeron víctimas de aquel ataque, dejándolo rodeado de muerte.  Sólo entonces pudo ver la procedencia del ataque: Una mujer que surcaba el campo de batalla como una mariposa, acompañada por un grupo de arqueros del reino de Hosenka.  Ahora sabía de dónde provenían las flechas, pero… ¿La luz verde que había golpeado a su enemigo…?

No había tiempo para preguntas.  El cuerno sonó, indicando un cambio en el curso de la batalla. Alguien había encontrado al líder de aquella fuerza. Y sabía lo que eso significaba… Si quería luchar con Quinto, aquella era su oportunidad de oro. Así pues, se dirigió al lugar donde sonaba el cuerno, sin poder evitar pensar en la persona que acababa de salvarle por su inconsciencia. Y, también, que tenía que mejorar sus maniobras y no ser tan necio, la próxima vez. Pero lejos de tener miedo, eso le hizo sonreír.

Ciertamente, no había mejor lugar para mejorarse a sí mismo que el propio fragor de la batalla.

Así pues, volvió a lanzarse al combate y, con las fuerzas renovadas, su espada y escudo cortaron el camino como una hoz segaba la hierba mientras, poco a poco, se iba abriendo camino al lugar donde sonaba aquel cuerno que indicaba la presencia del rival más vital de cuantos allí había, el trofeo que había estado esperando desde el preciso instante en que aquella pelea había comenzado, su principal presa. No podía permitir que uno solo de sus compañeros le arrebatase el derecho a medirse con el gran Quinto en combate, o no se lo perdonaría en la vida. Tenía que dejar bien alto el nombre de su aldea de procedencia, su propio nombre y apellido pero, sobre todo, debía alcanzar la grandeza que merecía desde el preciso instante en que superó sus propias debilidades y se convirtió en el hombre que hoy era. Se lo debía a su padre, se lo debía a Katria, se lo debía a sus compatriotas, a los dioses pero, sobre todo, se lo debía a sí mismo...

Nadie le impediría alcanzar la gloria. Ni siquiera Quinto. Ni siquiera el mismo Infierno. Ni siquiera la dama que le había salvado. No, ni siquiera ella.

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Re: La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

Mensaje por Eleone Mjrn el Mar Jun 03, 2014 11:28 pm

No entendía qué más quería ese tío de mí, ya le había halagado, ¿quizás eso había sido una mala idea? Ahora a lo mejor sería incapaz de quitármele de encima y para colmo encima era un sobrado de la vida. Si es que... Quién me mandará a mí meterme donde no me llaman.

-Pues será mejor que te vayas acostumbrando, hay gente más fuerte que yo ahí fuera y es posible que quieran robarte algo más que una presa.

No es que fuera humilde pero sabía de sobra que distaba mucho de ser tan fuerte como ese tío decía, había gente mucho más fuerte, que nos dejaban a los dos a la altura del betún. Pero claro, alguien tan sobrado como él quizás no podría entenderlo. Al menos no era de esos capullos que les molestaba que una mujer les hubiera salvado y que al final tenía que darles una lección de educación.

-No me lo tengas en cuenta, era una batalla y había que enfrentarse al enemigo. Tenían que caer todos tarde o temprano, sólo me encargué de ése cuando era el mejor momento. Todos tenemos nuestros trucos en la manga y sabemos cuándo usarlos.

No quería hacerme la interesante pero tampoco me apetecía hablarle a un desconocido de mis técnicas de combate, el cetro de zafiro era mi arma más preciada y sus secretos se irían a la tumba conmito.
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Re: La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

Mensaje por Kyrios Spatha el Miér Jun 04, 2014 10:48 am

Bueno, bueno, parecía que la señorita tenía bastante claro cómo funcionaban las cosas en ese mundo, aunque toda la respuesta de Kyrios fue una sonrisa bastante tranquila, tan arrogante como estaba acostumbrado.


- Bueno, pueden intentarlo. Se llevarían una sorpresa.


Desde luego no era tan estúpido como para pensar que era el guerrero más fuerte del mundo, sabía perfectamente que no era el caso y que aún le quedaba mucho por crecer para poder ganarse ese título, después de todo, sólo era un crío idiota de 16 años que aún ni siquiera había empezado a comerse el mundo... Pero lo que la señorita parecía asumir era que la voluntad de querer robarle algo más que la presa siempre implicaba el éxito, cosa que, si algo había demostrado, era totalmente falsa. Toda su vida se había enfrentado a enemigos mucho más fuertes que él, desde que era un criajo debilucho incapaz de levantarse de la cama sin ayuda, y la única verdad incontestable era que él seguía vivo mientras que la mayor parte de ellos hacía mucho que se habían reunido con el señor del inframundo, tostándose ahora en el Hades o congelándose en lo más profundo del Tártaro.

De todos modos no le gustaba demasiado el modo en que la chica se restaba méritos. Se pintaba a sí misma como una oportunista que había aprovechado un momento de vulnerabilidad para derrotar al enemigo lo que, por otro lado, también disminuía su propio valor en el campo de batalla... Además, que fuera una batalla no implicaba que el enemigo estuviese luchando con más cuartel, todo lo contrario, su vida probablemente estuviese en juego, de modo que estaría luchando incluso con más ahínco del que lo haría normalmente. Aunque podía entender que la mujer quisiese mantener el secretismo sobre sus habilidades, no lo estaba haciendo, a su modo de verlo, de la forma más adecuada.  Pero tampoco era quién como para decir a nadie cómo debían hacer las cosas. No era su estilo.


- ... Una chica difícil, por lo que veo. Entiendo lo que quieres hacer, pero no deberías restarte méritos, si me lo preguntas. No es como si todo el mundo fuese capaz de hacer lo que tú. Más bien todo lo contrario.


Desde luego que había gente más fuerte que ellos, sería una gilipollez pensar lo contrario y bastante deprimente de hecho, pero eso no significaba que la diferencia fuese tan espectacular como para que no les fuesen a suponer la más mínima dificultad. No parecía que la chica se viese de la misma forma pero él, por lo menos, había recorrido un camino bastante largo para llegar a donde lo había hecho, así que no iba a consentir que nadie le dijese que no había conseguido absolutamente nada... Le había costado mucho ser lo que era como para permitir que nadie le dijese que "no era gran cosa". Joder, podía entender la humildad de la gente, de verdad que sí, pero había una línea muy fina entre ser humilde y estar como una puta cabra. Casi tanto como la que había entre ser arrogante y un imbécil de remate. Pero bueno...

De todos modos lo que no le gustaba lo más mínimo era el cómo hablaba del combate. Sí, reconocía que era una batalla, sí, es verdad que había que enfrentarse al enemigo... ¿Pero de verdad tenía que decirlo como si estuviese hablando del tiempo que hacía? Había muerto gente en ese combate, muchos otros habían perdido brazos, piernas, incluso los había que no serían capaces de llevar una vida normal después de todo eso. Sabía que era un combate y no un juego, sería estúpido pensar lo contrario, pero quería pensar que la gran mayoría se había metido a eso sabiendo exactamente lo que iban a hacer, que no eran flores y piruletas, sino sangre y acero lo que se iban a encontrar al final del día. Quería pensar que quienes habían luchado aquel día lo habían hecho a sabiendas, no engañados o pensando que era total y absolutamente necesario que fueran ellos quienes lo hicieran. Sí, es verdad que él era un criajo, y probablemente ella también lo fuese, pero el resto de los combatientes eran gente adulta con cierto entrenamiento a sus espaldas. ¿Estaba mal que él hubiese visto aquel combate como algo más, como una oportunidad de probarse a sí mismo, de "divertirse" por decirlo de alguna forma? No lo creía, pero parecía que ella no lo veía de la misma manera. Menuda mierda.


- De todos modos no estoy demasiado de acuerdo. Siempre podían haberse rendido, o retirado. Habría sido un aburrimiento, claro, pero no es como si estuviesen obligados a luchar a muerte... Nadie les obligaba a enfrentarse a nosotros o continuar el asalto. Ellos eran los que atacaban, nosotros los que nos defendíamos. La pelota estaba en su campo.


No, desde luego no iba a aceptar simplemente que "tenían que exterminarlos a todos". No era una obligación. No eran bestias sin razón criadas únicamente para luchar, ni siquiera él, que se había criado con la guerra en la sangre, lo era... Sus enemigos podían haberse retirado en el preciso instante que considerasen que esa guerra ya no iba con ellos. Claro, eso no significaba que no les hubiesen perseguido para atacarles incluso después de que hubiesen expresado que no había necesidad de hacerlo, pero él, por o menos, habría respetado su derecho a la rendición. ¿Qué sentido tenía, después de todo, pelear contra alguien que ya no quería luchar? No iban a concentrarse en el combate, ni a darlo todo de sí mismos. Habrían sido rivales muy poco dignos en esas circunstancias. Si es que podían llamarse siquiera rivales, claro.

Joder, estaba empezando a amargarle la victoria. Menuda aguafiestas...

Pero no, no iba a dejar que las cosas fueran tan amargas como la chica parecía querer así que, antes de que lo hiciesen, Kyrios levantó la mano para que, de nuevo, corriese el alcohol y la comida. Pareció que le habían entendido, porque en cuestión de unos pocos segundos habían llevado más platos de aquel asado tan jugoso hacia donde estaban, todo ello remojado con un buen par de jarras de hidromiel bien cargadita, aunque en su caso era más dulce... Le gustaba el alcohol, pero no en exceso, así que prefería que sus pintas estuviesen cargadas en mayor proporción de miel y agua que de alcohol. No tardó en beberse, casi de golpe, todo el contenido de su jarra, golpeando la mesa con ella una vez se la hubo terminado, ante la mirada sorprendida de la señorita que había sido tan amable de llevársela, a la cual se trajo al regazo acto seguido. Era una jovenzuela, mayor que él, desde luego (como la mayoría, de hecho), pero tan cándida como una florecilla recién arrancada... El sonrojo en sus mejillas era evidente y el calor que desprendía era tan dulce que podía sentirlo en su garganta. Espectacular.

Pero la chica a su lado seguía con la misma cara de perro, como si hubiesen aplastado a unos cachorritos delante de ella. Joder, lo que menos le gustaba era ver ese tipo de cosas, era una puta celebración y, sin embargo, parecía que estuviesen en un funeral.


- En fin, ¿cuál es tu historia? Imagino que eso sí que podrás contarlo, ¿no? Quiero decir, ha debido pasarte algo muy gordo para que pongas esa cara de perro. Te estás comportando como si esto fuese un funeral, y no hace falta ser ningún genio para saber que eso no es bueno para la moral de nadie.


Suspiró después de tomar otro trago de una jarra que cogió cuando estaba pasando por su lado. Había topado con gente solitaria antes, de esa que parecía que te estaba perdonando la vida simplemente por el hecho de hacer acto de presencia en una fiesta con la que evidentemente no estaban disfrutando, pero en aquella ocasión no era lo más inteligente hacerlo. Posiblemente se preguntaba qué sentido tenía una fiesta cuando la vida era algo cruel y sin sentido, cuando acababan de matar gente, bla, bla, bla, perritos muertos, nada tiene sentido... Mierdas como camiones, en pocas palabras. ¿Que el mundo era un asco? Vale, sí, la gente se moría a palazos, no había justicia y, en general, todo daba mucho asco, eso lo podía entender, pero eso no significaba que tuviesen que estar todo el tiempo lamentándose del perrito que se había llevado una patada en el culo el otro día, ni odiando la crueldad del mundo. Vale, entendía que lo hiciese, pero una fiesta no era el momento ni el lugar para hacerlo. La vida estaba demasiado llena de mierda como para traerla a donde no pintaban nada.

En fin... Le iba a tocar hacer de psicoterapeuta, de modo que dejó la jarra en su sitio y pidió, aunque sólo fuese por discreción, que la dulce camarera se fuese. Le costó un poco que lo hiciese, pero una palmada en el culo después (¡Y qué culo!) y un guiñito de ojos bastaron para que la jovenzuela se tranquilizase, después de todo, no era como si fuese a ser la última vez que se viesen, así que no había motivo alguno para preocuparse. Había Kyrios para todas, y él estaba más que dispuesto a convertir los sueños de todas y cada una de ellas en realidad, al menos, por un ratito... Pero, por el momento, le tocaba ver cómo hacer que la señorita que tenía delante, la que le había salvado probablemente la vida, no convirtiese una celebración en una fiesta de la lágrima. Y eso no era tarea fácil. No es como si pudiese materializar sus traumas y darles de hostias, después de todo, lo que imposibilitaba su forma preferida de solucionar los problemas... Odiaba cuando no había un enemigo al que pudiese partir la boca. Las cosas eran mucho más sencillas cuando era así.

Oh, bueno, ¿qué iba a hacerle?



- ¿Y bien? ¿Cuál es el problema? ¿Qué te preocupa? Cuanto antes lo arreglemos, antes podrás disfrutar de la fiesta como es debido...


"Y yo también"


O, al menos, eso esperaba... Dioses, cómo odiaba a los aguafiestas. Siempre le hacían sentir mal por estar pasándoselo bien... Y eso era una de esas cosas que NO debía ocurrir. No, nunca... En fin, ¿qué se le podía hacer?
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Re: La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

Mensaje por Eleone Mjrn el Vie Jun 06, 2014 2:51 am

Aquel tío no iba a callarse ni debajo del agua, lo más parecido a eso eran los pequeños descansos que hacía entre perorota y perorota o cuando se puso a jugar brevemente con aquella camarera más facilona que una prostituta. Pero siempre volvía a por más, y cada vez con cosas con menos cabeza que la anterior. Pero, ¿qué coño le pasa? ¿se ha enamorado de mí o qué?

-El resto del mundo puede hacer lo que quiera, soldado, a mí sólo me importa lo que hago yo.

Que se matasen, que se besasen, que se acostasen, que tuviesen familias, que cosechasen granjas, que ahorrasen dinero, que se hiciesen ricos, lo que fuera. Fuese un objetivo físico, terrenal, espiritual o anímico, por mí cada uno podía hacer lo que quisiera.

-Nadie pisa un campo de batalla para rendirse, soldado. Desde el momento en que decides que debes atravesar con tu espada al enemigo no hay perdón para lo que haces, no hay vencedores ni vencidos, solo vivos y muertos. Los que pueden contar otro día y los que dejan de contarlos. No hay justicia ni poesía, sólo sangre, dolor y muerte.

No había nada malo en ello. Los vivos podrían seguir viviendo. Los muertos... ya no sentirían otro amanecer. Si no sentían, no padecían, si no padecían no les importaba. Nunca había ganadores. Sólo luchadores. La muerte era parte de la vida y arrebatársela a otro por una buena razón o no, no cambiaba el hecho en absoluto. Todo estaba hecho para matar en ese mundo, por suerte para los demás yo nunca lo hacía, mis hechizos nunca solían ser letales. En fin...

-Pero, ¿acaso esto no es eso? Un banquete es sólo el funeral de los ganadores. Mientras los suyos que han sobrevivido han sido apresados y los que han escapado están enterrando a sus muertos, nosotros bailamos, bebemos y cantamos sobre sus tumbas. No creas que no me divierto por lo que he hecho, soldado, es sólo que no va conmigo. Prefiero celebrar los funerales en silencio por los caídos. Si no lo entiendes, no me preocupa.

No era un ritual muy divertido, pero para mí era más honroso que celebrar la muerte de los demás. Que la muerte fuese parte de la vida no significaba que no respetase a los caídos. Ellos eran los que no los respetaban que se deleitaban en su muerte con fiesta y alcohol. Pero, ¿quién era yo para juzgarles? Como había dicho, que cada uno hiciera lo que quisiera, yo me limitaría a hacer lo que yo quería.

-No hay ningún problema -sonreí irónicamente. -Pero ya que quieres fiesta, lo haremos a mi modo.

Cogí la bolsa que había en el suelo apoyada contra la pared justo a los pies de mi silla y de ella saqué mi violín, me alcé saltando encima de una de las mesas para llamar la atención de todos y empecé a tocar una canción, parte feliz, parte triste, tocado con el arco a veces y otras como si el violín fuese una guitarra, que hablaba sobre el precio de la libertad. Aquello que había que pagar para poder vivir otro día mientras otros acababan esclavos, o bien de las cadenas, o bien del tiempo, o bien de la muerte. Era una lección de vida, mejor regalo que el alcohol o las mujeres. Al terminar, me bajé de la mesa, hice una reverencia y me marché.

Hubo aplausos, hubo vitoreos, pero nadie se quedó indiferente. Mi pieza no había sido mala, pero más de uno había pensado que le había destrozado la fiesta, sólo los más sabios lo apreciaron, después de todo no había sido magia, sólo humildad y pasión. Desaparecí tras una cortina y acabé en uno de los balcones de la segunda planta admirando las estrellas y velando por vivos y muertos.

[FDR: La canción - http://youtube.com./watch?v=xtg3P_3Bjkc]
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Re: La Batalla de los Tres Días [Eleone Mjrn]

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